jueves, 4 de abril de 2013

EL ECO DE LAS VOCES DEL PASADO




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

El 10 de noviembre de 1816, el ex gobernador de Córdoba, coronel José Javier Díaz, escribía desde su estancia Santa Catalina en esa provincia; al coronel mayor Martín Miguel de Güemes en Salta: "Mi amado compañero y amigo: Es excusado decir a V. que he dejado de mandar esta provincia, porque ya debe V. saberlo y que retirado en este rincón, pero con tranquilidad de espíritu, recibo la estimable de V. de 23 de Septiembre último (...) porque con la ausencia de año y medio que he tenido el maldito gobierno nada me ha quedado aquí: ganado, caballos y cuanto dejé, todo, todo ha desaparecido (...) Sepa V. que arriconado o de cualquier modo que esté, es su amantísimo amigo de corazón. José Javier Díaz" (sic)  (negritas y subrayados míos).
La carta era en respuesta a un requerimiento de Güemes solicitándole a Díaz una remesa de caballos, imprescindibles para el sostenimiento de sus fuerzas en el norte; y el segundo lo anoticiaba al primero del estado en que había encontrado su hacienda al descender del gobierno de Córdoba para el que había sido electo: no le habían dejado nada; pese a lo cual le decía que haría lo imposible para satisfacer su pedido.
La actitud generosa y bien dispuesta adoptada por Díaz evidencia a las claras un marcado contraste con la indolente y mezquina asumida por parte de quienes hoy tienen (o deberían tener) la responsabilidad de gobernar, ante las catástrofes producidas en Buenos Aires por la letal combinación de factores climatológicos adversos por un lado, e imprevisión y desidia por otro: el primer mandatario de nada menos que la capital nacional y el intendente de la ciudad capital de la provincia más poblada y poderosa del país, damnificadas del desastre; se habían regalado a sí mismos unas más que inoportunas y otoñales vacaciones en Brasil, "aprovechando" la "inactividad" originada en una caprichosa cadena de feriados dispuesta por la presidente de la Nación de modo de producir un artificioso "fin de semana largo" de... ¡seis días!
Y es que las autoridades, a la hora de escuchar el eco de las voces del pasado, se aferran, con empeño digno de mejor causa, a una pertinaz y auto impuesta sordera. 
La invasión inglesa de 1806 resultó en la deposición de una autoridad virreinal que se había mostrado en su ineptitud inerme, impotente e incapaz a la hora de proveer a la defensa común. La gente se vió precisada a obrar por su cuenta para alejar el peligro que la amenazaba, y cuando el mandatario quiso volver y retomar su puesto; lo sacó a patadas. Y eso que Sobremonte había demostrado con creces ser, como gobernador intendente de Córdoba y también como virrey, un gobernante honesto y aún progresista; pero bastó que, precipitado, fallara en la defensa de Buenos Aires para que el pueblo lo echase. 
¿Qué suerte correrán entonces estos politicastros transeros e irresponsables que ni siquiera pueden alegar como atenuantes de sus torpeza e impericia, su propia honradez, toda vez que se exhiben impúdicamente como venales y corruptos; ni tampoco su tan cacareado "progresismo", ese que declaman y vociferan sin hacerlo tangible?
Tengo para mí que las desgracias que en mala hora nos sobrevinieron, tendrán como corolario las imprescindibles mutaciones que reclama un escenario político que se asfixia con los gases mefíticos de un conjunto de estructuras partidarias en el cual las reglas generales que lo uniforman son el sectarismo, la ineficacia, el egoísmo y el peculado. Un entramado que determina la existencia de un Estado (sea este nacional, provincial o municipal; no hay exento) que a la par que se muestra agobiante e insaciable a la hora de racaudar, es capaz de movilizar el avión presidencial para trasladar "de urgencia" a un parásito aquejado de algo "tan grave" como una infección en una rodilla, de fletar de sotamanga un avión provincial para que un mamarrachesco gobernador viaje a Panamá para retozar con sus hijas en un lujoso hotel 6 estrellas, de que otro no menos impresentable gobernador destine partidas de los dineros públicos para pagar los vinos con los cuales se regala, de que una delirante loca de atar en su divague místico pontifique desde sus vacaciones de 6 meses en Punta del Este acerca de qué es bueno y qué es malo, de que un tirifilo que detenta el gobierno de la primera ciudad del país, procesado por la justicia e inexplicablemente aún no llevado a juicio, declare muy suelto de cuerpo que "tiene derecho a descansar" mientras la gente se muere ahogada o electrocutada; pero que se muestra, ese mismo Estado, absolutamente incapaz de salvar a un matrimonio de ancianos inválidos y a su nieto de 17 años arrastrados irremisiblemente por las aguas.
No escuchan el eco de las voces del pasado, así como evidentemente no escucharon el "que se vayan todos" de fines del 2001; así que parece que no quedará otro arbitrio que obligarlos a abrir los oídos.
Un extraordinario estadista dijo: "Cuando los pueblos agotan su paciencia, suelen hacer tronar el escarmiento". Creo que estamos en vísperas de asistir a ello.

-Juan Carlos Serqueiros-