lunes, 20 de junio de 2016

LA GUERRA CIVIL DE 1880




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¿Cuál será el desenlace de este drama? Creo firmemente que la guerra. ¡Caiga la responsabilidad y la condenación de la historia sobre quienes la tengan! (Julio A. Roca en carta a Dardo Rocha del 28 de abril de 1880)

La sucesión presidencial de 1880 estuvo signada por una de las tantas guerras civiles en las que nos hemos trabado los argentinos en nuestra corta historia de dos siglos. El domingo 11 de abril, en las elecciones primarias presidenciales, había triunfado en todas las provincias, excepto Buenos Aires y Corrientes, la candidatura del general Julio A. Roca con 155 electores, por sobre la del doctor Carlos Tejedor -a la sazón, gobernador de Buenos Aires- con 71. 
Pero ocurrió que Buenos Aires y Corrientes, aliadas política, militar y económicamente, no reconocieron el veredicto de los comicios y se alzaron en armas contra el gobierno nacional.


Entonces el presidente Nicolás Avellaneda, ante el hecho de haberse producido el 1 de junio el casus belli que marcó el inicio de la lucha interna (durante un desembarco de armas importadas por el gobierno de Buenos Aires, las tropas provinciales se enfrentaron con las nacionales que buscaban impedirlo); ordenó, a instancias de su ministro de Guerra, Carlos Pellegrini, concentrar las tropas nacionales en la Chacarita de los Colegiales (hoy barrio de Chacarita), excepto las de Entre Ríos, que debían acantonarse en el límite de esta provincia con la de Corrientes, con miras a combatir a las fuerzas de esta última. 


Paralelamente, dispuso también el traslado de la sede del poder ejecutivo (en la práctica, sólo el gabinete de ministros menos el de Guerra, porque él despachaba y pernoctaba en la Chacarita junto a Pellegrini; y su vicepresidente, Mariano Acosta -identificado con los rebeldes- eligió quedarse en Buenos Aires) al pueblo de Belgrano (por entonces cabecera del partido del mismo nombre, y hoy barrio porteño), a ese efecto declarado capital provisoria de la Nación (en un decreto cojitranco de legitimidad, dicho sea de paso; por más que no estuvieran las cosas en junio de 1880 como para ser excesivamente puntilloso en la observancia de las prescripciones constitucionales). 
Asimismo, se fueron a Belgrano los senadores y diputados de la Nación (sólo parte de estos últimos; porque el resto prefirió quedarse en Buenos Aires, suscitándose así la coexistencia de dos cámaras “funcionando” a la vez, lo que ocasionó no pocas dificultades y conflictos). También quedó en Buenos Aires la Corte Suprema, con el cometido público de procurar el avenimiento y la paz (y el más o menos secreto de pescar en río revuelto, convirtiendo en candidato de transacción a alguno de sus miembros, como por ejemplo, Gorostiaga).
Tejedor, por su parte, movilizó las milicias de Buenos Aires, y ante lo que reputó como “ausencia de las autoridades nacionales”, ocupó la Casa Rosada, el Correo y la Aduana para “custodiarlos”, según declaró, “olvidando” que la “ausencia” del gobierno nacional la había forzado él mismo con su rebelión, lo cual lo colocaba como gobernador en una posición tanto o más dudosa en cuanto a la legalidad de las vías procedimentales que adoptaba, que la del presidente de la República.
Avellaneda y Tejedor, principistas y hombres de leyes el uno y el otro, se afanaban buscando vericuetos  y resquicios por los cuales introducir a como diese lugar, aún con fórceps y aventando escrúpulos de conciencias remordidas al saberse ambos flojitos de papeles, algún recurso abogadil de consumado avechucho que les permitiese sortear los frenos de la constitución; pero disimulando la violación de hecho que de ella hacían. Tarea, por cierto, más ímproba todavía que los trabajos de Hércules.
En aprontes y partidas estaban, sin atacarse abiertamente uno y otro bando, hasta que el 13 de junio los colegios electorales reunidos en todas y cada una de las capitales de las catorce provincias, proclamaron para presidente y vice la fórmula Julio A. Roca-Francisco Madero. 
Los electores de Buenos Aires (que habían votado por Carlos Tejedor-Saturnino Laspiur), ni bien cerrado el acto, se dirigieron a la casa del primero a reiterarle verbalmente la adhesión que habían evidenciado al elegirlo unánimemente; y éste, que era el arquetipo del centralismo a ultranza y que con el mismo tacto de un elefante en un bazar ya había ofendido antes al gobierno nacional llamándolo “huésped de Buenos Aires”; les agradeció con frases de soberbia inaudita, del más crudo localismo y del más expresivo e insultante de los desprecios hacia el interior del país: “La provincia más poderosa me ha acordado sus votos por vuestro órgano. Otros podrán abrumarnos por el número; yo no cambio sus votos por los míos”.
Tales palabras eran de hecho un escupitajo al rostro del gobierno nacional y una clarinada de guerra a la que Avellaneda, inteligentemente, respondió cuatro días más tarde con un ardid de leguleyo: como constitucionalmente no podía intervenir la provincia de Buenos Aires al impedírselo la circunstancia que apunté antes de no tener quórum suficiente en la cámara de diputados para hacerla votar (la intervención, quiero decir) por el Congreso; apeló a designar al coronel José María Bustillo “comisionado nacional encargado de la administración de la campaña de la provincia de Buenos Aires”, es decir, a todos los efectos, un interventor; pero con otro título.
Era la guerra abierta, que comenzó ese mismo día 17, con un choque en el paraje de Olivera, cerca de Luján, prosiguió con las acciones de Barracas al Sud -actual Avellaneda- por el control del puente Pueyrredón -llamado de Barracas en los partes- (20 de junio), y culminó con combates prácticamente simultáneos en todo el frente: Puente Alsina, los Corrales, la Convalecencia -la actual plaza España, en Barracas- y mercado Constitución -la actual plaza Constitución, en el barrio del mismo nombre- (21 de junio), tras lo cual se convino una tregua hasta el 24, iniciándose el 25 las tratativas de paz entre los contendientes: Bartolomé Mitre, que el 22 había sido designado por Tejedor jefe de la Defensa, por Buenos Aires; y el presidente Avellaneda (a través de sus ministros, por entender que pactar el primer magistrado de la República con un jefe rebelde, implicaba mengua del decoro de su investidura) por la Nación, negociaciones esas que desembocaron en la renuncia de Tejedor el día 30; la asunción como gobernador del vice, José María Moreno (sobrino del secretario de la Junta de Mayo y amigo íntimo de Avellaneda); el desarme del ejército provincial y el acatamiento de la provincia a las autoridades de la Nación. Todo eso significaba, pues, la victoria de ésta y la capitulación (la generosidad de Avellaneda lo movió a no llamarla como lo que en realidad era: la rendición) de Buenos Aires.


No es exacto lo que sostiene José María Rosa -y otros historiadores (la mayoría) también- en lo referente a que la suerte de las armas haya quedado indecisa y no hubiera un triunfador claro en aquel conflicto, porque más allá de los rimbombantes partes de los jefes militares de las fuerzas porteñas que abundaban en menciones exaltando el arrojo y el valor de las tropas provinciales (que en efecto, los habían manifestado con creces); lo real y concreto era que Buenos Aires quedó sitiada por el ejército nacional (en el cual, dicho sea de paso, los prodigios de heroísmo no habían sido menores que los evidenciados en las filas de su oponente). Asimismo, estimo como aventuradas y aún temerarias las inferencias de Rosa en el sentido de que Buenos Aires tenía superioridad militar y podía ganar la guerra de proponérselo, que Roca no se atrevería a hacer “una confederación de trece ranchos como Urquiza en 1853 ante la imposibilidad de entrar en Buenos Aires” y que Tejedor y Mitre habían capitulado porque no les gustaba “esa guerra de rifleros y gauchos contra tropas de línea” y temieron que “la milicia armada, una vez victoriosa, escapase a su control”. Creo posible que ese extraordinario historiador y gran maestro que fue don Pepe Rosa, se haya dejado llevar en esta cuestión por un excesivo localismo porteño y por la simpatía que como historiador popular debe de haberle despertado la adhesión indudablemente masiva que había tenido la rebelión en Buenos Aires; porque lo cierto es que la superioridad militar que le adjudica a ésta, en realidad no era tal: si excelentes y valerosos coroneles tenía Buenos Aires; no los tenía en menor grado la Nación (Levalle, Racedo, Bosch, Olascoaga y Campos, por ejemplo y entre otros muchos), que además; hasta se había dado el lujo de poner a un civil (Pellegrini) en el ministerio del ramo, e inclusive, de que el mejor -y por lejos- de los generales que tenía (Roca), no interviniese en la guerra. Y si bien es cierto que en el ejército provincial había muchos gauchos; no lo es menos que el nacional estaba asimismo integrado en buena proporción no sólo por gauchos (“mis chinos” como los llamaba el Zorro), sino también -como por otra parte, lo reconoce (quizá inadvertidamente) el propio Rosa- por “indios prisioneros de la conquista del desierto” (sic). Y si en efecto, como consigna Rosa, estaba claro que la escuadra de la nación no era precisamente un ejemplo de eficacia y que “todos se burlaban de sus artilleros que le erraban a una ciudad” (sic), no puede dejar de reconocerse que la nación podía usarla, si no para bombardear Buenos Aires; sí para bloquear el puerto y terminar rindiendo a la ciudad por la quiebra del comercio, la escasez, la miseria y hasta el hambre; pues cercada por agua y por tierra ¿cómo iban a entrar la carne y demás alimentos, y las mercancías de consumo familiar? Y no hay que olvidar que el matadero del Sud estaba ocupado por el ejército nacional a partir de la batalla de los Corrales, con lo cual ¿cómo iban a faenarse las reses? Resulta más que ilustrativa la caricatura de La Cotorra en su edición del 6 de junio, en la cual se representa a Roca y Tejedor trabados en duelo criollo, mientras Hermes, el dios del comercio en la mitología griega (el Mercurio de los romanos), les implora por la paz:


En cuanto a lo de que Roca no iba a resignarse a tolerar una eventual secesión de Buenos Aires y gobernar sobre los “trece ranchos”, es cierto; pero también lo es que las cosas habían cambiado no poco en el país con respecto a la etapa del caudillismo. No podía considerarse “bárbaros” a los militares y políticos de las provincias, quienes se habían formado en los claustros de los colegios de Monserrat y Concepción del Uruguay y en las universidades de Córdoba y de la propia Buenos Aires, cuando no el exterior, ni tampoco a los militares y políticos porteños que estaban de parte de la nación; por más que Tejedor vociferara en sus discursos o publicara en los diarios encendidas frases llamando a la civilización de Buenos Aires a resistir la barbarie provinciana, con las que demagógicamente halagaba a las masas populares porteñas para exacerbar su localismo. 
A menos que en serio se creyese que Avellaneda, Roca, Pellegrini, Viso, Juárez Celman, Pacheco, Romero, Iriondo, Plaza, Levalle, Donovan, Racedo, Bosch (quien, por ejemplo, logró disolver la legislatura de Buenos Aires sin disparar un solo tiro ni derramar una gota de sangre), etc., fuesen “bárbaros”, lo cual era un completo delirio, como bien lo sabían en sus fueros íntimos aún los más exaltados centralistas. 
Por otra parte, Roca debió pagar un precio altísimo para recibirse de la presidencia de la República en Buenos Aires: acceder a que Avellaneda ejecutase su propósito de erigirla en capital federal, resignando él su idea de establecerla en Rosario.
No, Tejedor y Mitre eran oligarcas, cierto, qué duda cabe; pero no se rindió -y luego renunció a su cargo- el primero, ni “entregó a los suyos” el segundo porque “no les gustaba” esa guerra con masiva adhesión popular y tufillo plebeyo como entiende Rosa; sino que todo el drama se originó en que ese verdadero “Catón infecundo, majestuoso, pobre de inteligencia, espíritu mediocre, fatuo y orgulloso” (como acertadamente lo había apodado y definido Roca) que era Tejedor, en su infinita soberbia había calibrado mal a Avellaneda. 
Como todo aquel que clasifica a las personas guiándose por las exterioridades, creyó que la exigua talla y el físico enfermizo y esmirriado (Tejedor era alto, y pagado de sí mismo, y tendía siempre a despreciar a los petisos y a tenerlos en menos, por eso no pudo resistirse a mencionar a Roca como “chico de estatura pero gigante en ambición”, como si en política la ambición fuera un pecado inconfesable y como si no la tuviera él mismo; además de no saberla servir, encima) de Avellaneda, sumados a su espíritu inclinado al diálogo y a la moderación y la repulsión hacia la violencia que lo caracterizaban, implicaran necesariamente debilidad de carácter; entonces supuso que bastaba con una demostración del poderío de Buenos Aires para doblegarlo y aún quebrar la escasa voluntad que erróneamente le atribuía. Y se equivocó de medio a medio: aún en sus vacilaciones y dispuesto siempre a renunciar; Avellaneda le demostró que se puede tener firmeza de convicciones sin caer en la prepotencia, que la generosidad no significa debilidad y que siempre la inteligencia termina por primar frente a la fuerza. En cuanto a Mitre, algo más astuto que el bruto y fanfarrón Tejedor; entendió que 1880 no era 1852 y que no era el caso de provocar otra secesión de Buenos Aires, la cual sería resistida aún por los más crudos de entre los porteñistas. 
Por eso, el siempre irreverente periódico dominical El Mosquito publicaba, el 4 de julio, una caricatura muy sagaz y expresiva, en la cual aparece, entre Mitre y Moreno, Tejedor de rodillas frente a Avellaneda, con este epígrafe por demás elocuente: “Una lección dura: El Dr. Tejedor ha querido evitar que haya más derrame de sangre argentina. Ha llegado para Dr. Nicolás el momento de probar que si es pequeño de estatura puede ser grande de patriotismo dejando de lado rencores y venganzas”:


El 20 de setiembre el Congreso sancionó la ley que declaraba capital federal a Buenos Aires, y el 9 de octubre aprobó el resultado emergente de la reunión de los colegios electorales que habían consagrado a Roca presidente de la República. Consecuentemente, tres días más tarde, el Zorro asumía, en Buenos Aires, la primera magistratura de la Nación.
La guerra civil desatada por el empecinamiento, la soberbia y la imbecilidad de Tejedor, costó la movilización de 90.000 hombres entre ambos ejércitos, un número de muertos que nunca pudo establecerse con exactitud, pero que con certeza superó los 3.000, y 110 millones de pesos gastados sólo por Buenos Aires (y que por supuesto, pasaron a engrosar la deuda nacional). Ah, y ya nunca sería Rosario capital de la República.
En 1994, ciento catorce años después de todo aquello, a instancias de un patéticamente ridículo y mamarrachesco politicastro con veleidades de tiranuelo, ignorante, venal y corrupto -encima, del interior del país (Anillaco, La Rioja), como para aumentar la vergüenza por la iniquidad-, se agravaba aquel tremendo error de 1880, declarándose a Buenos Aires “ciudad autónoma” y convirtiéndose al país de macrocefálico en bimacrocefálico.
Un período de nada menos que siete décadas, desde 1810 hasta 1880, nos insumió a los argentinos poder al fin arribar a la creación de un Estado nacional normado por una constitución, simbolizado en una bandera y una canción patria, regido por un gobierno central que detente el monopolio de la fuerza y ejerza su poder sobre todo el territorio de un país cuya soberanía esté formalmente aceptada por los demás estados del mundo.
Y a ciento treinta y seis años de aquello, aún continuamos empeñados en el difícil y a menudo doloroso proceso de consolidación de una nacionalidad identificada por una cultura propia y distintiva, en la pertenencia a la cual se reconozcan todos los habitantes de un país, país este cuya soberanía sea no ya sólo formalmente aceptada; sino también real y efectivamente respetada por los demás pueblos de la tierra.
¿Lograremos los argentinos llegar a ese estadio? No desmayemos en el esfuerzo, porque después de todo, como escribió aquel poeta argentino que nunca obtuvo el Nobel: “Siempre el coraje es mejor, / la esperanza nunca es vana”.
Amén.

-Juan Carlos Serqueiros-
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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Archivo General de la Nación, Sección Roca.
Caldas Villar, Jorge, Nueva Historia Argentina, Tomo 3, Editorial Juan Carlos Granda, Buenos Aires, 1968.
D’Amico, Carlos, Siete años en el gobierno de la provincia de Buenos Aires, Imprenta de Jacobo Peuser, Buenos Aires, 1895, digitalizado por la Universidad de Michigan, EE.UU.
Diario La Nación, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Diario La Prensa, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Diario La Tribuna, Buenos Aires, varias ediciones de 1880.
Fantuzzi, Marcelo J., Fuerzas militares en la guerra civil de 1880, Sitio web Legión Italiana-Voluntarios de la Boca, Buenos Aires, 2010
Galíndez, Bartolomé, Historia política argentina. La revolución del 80, Imprenta y Casa Editora Coni, Buenos Aires, 1945.
Luna, Félix, Soy Roca, Sudamericana, Buenos Aires, 2012.
Rosa, José María, Historia Argentina, Tomo 8, Editorial Oriente S. A., Buenos Aires, 1974.
Sábato, Hilda, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Siglo Veintiuno Editores Argentina S. A., Buenos Aires, 2008.
Semanario El Mosquito, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880.
Semanario La Cotorra, Buenos Aires, varias ediciones de los meses de abril, mayo, junio y julio de 1880.