martes, 7 de febrero de 2012

DISTINCIÓN ENTRE UN EGO SANO Y OTRO QUE NO LO ES























Escribe: Gabriela Borraccetti

Saber quiénes somos difiere de identificarnos con ese ego que normalmente lucimos todos: mayormente nos peleamos por el color, la raza, las zonas limítrofes geográficas, ideológicas y religiosas. Nos peleamos por intolerantes, por no aceptar las diferencias, y luego nos llamamos "amplios" y "evolucionados".
Siempre en posturas extremas, o somos "los salvadores", o nos culpamos de todo; dejando claro en forma indefectible, que hasta con juicios opuestos, tenemos el prejuicio de ser el centro del daño o beneficio, o los dueños de la verdad del universo.
Es una pena que lo único que nos haga tomar consciencia de quiénes y qué somos, sea aquello a lo que invocamos siempre con nuestras posturas de extremo: el gran dolor de alguna catástrofe en la que todo se derrumba. Sólo allí, podemos observar claramente lo importante que es saber si el que te rescata cree en tu mismo dios o en los del Olimpo, si votó a tu partido o al de la oposición...
Entonces luego decimos que la letra con sangre entra, sin tener vergüenza de que así sea, y sin recapacitar en el hecho de haber estado tan equivocados mientras lo tuvimos todo. Claro que están las excepciones, y en medio de los escombros trabajan los que no te preguntarán por tu dios, ni por tu billetera. Tampoco querrán juzgarte por inteligente o bruto, por bueno o malo; ni querrán saber si tu idea es afín a la suya. Allí en el horror, sólo ruegas que te auxilien; y sentirías terror si supieras que el rescate dependiera de las ideas de tu rescatista, ¿no es cierto?
Entonces, por qué creerte invulnerable y vivir escupiendo para arriba? O mejor dicho, para afuera?   Animarse a ver la propia sombra, tiene como premio el ser una persona felizmente integrada, con menos ego y más corazón. Quizá más parecido al de los perros, que no se preocupan por tu raza, ni tu casa, ni tu jefe, ni trabajo, ni poder económico, ni religión, ni ideología. Tampoco se fijan en tu ropa, si eres pobre, o estás desnudo, enfermo o hueles mal. Simplemente están allí para ayudarte con su ejemplo a desarrollar un corazón abierto, porque ellos saben quiénes son; pero no poseen el ego estrecho del humano.
Quizá esto sea lo que tengas que recordar como definición, cuando hables de un ego enfermo y uno sano.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica