viernes, 10 de octubre de 2014

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA HISTORIOGRAFÍA DEL PARAGUAY. PRIMERA PARTE


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros


¿Por qué olvidar que en 1852 sabíamos tanto del Paraguay como del interior de la China? (Juan Bautista Alberdi) 

Si uno no considerase (tal como corresponde hacerlo, sin dudas) la condición previa de una evolución gradual de la sociedad paraguaya que la condujese al pleno goce de las libertades y los derechos individuales; seguro calificaría de paradójico que el ocuparse del conocimiento de su historia haya debido esperar hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX y que obedeciera más a la necesidad de los gobiernos de los López de responder a las críticas que desde el exterior se les hacían y tratar de refutarlas; antes que a un convencimiento propio y razonado de que encarar el asunto resultaba ya impostergable. Veamos:
Carlos Antonio López, enfurecido porque Rosas se negaba a reconocer la independencia paraguaya, había celebrado, a fines de 1844, un tratado de comercio con la provincia de Corrientes (prolegómeno de la guerra que declaró a Rosas a fines de 1845) y enviado un ejército de 4.000 hombres a las órdenes de su hijo (a quien había nombrado coronel a los 18 años) a "auxiliar" a José María Paz, quien era a la sazón, el jefe del ejército de Operaciones (y quien calificó a la columna paraguaya de "masa informe con la que no se puede contar por el momento; sin instrucción, sin arreglo, sin disciplina e ignorando hasta los primeros rudimentos de la guerra"). Encima, varios oficiales paraguayos, influenciados por la propaganda liberal y de constitucionalismo, tramaron un complot para derrocar a López a su regreso a Asunción.
Derrotada por Rosas a través de Urquiza la intentona paraguaya, Francisco Solano López escapó a su país con sus fuerzas y lo mismo hizo Paz con toda su oficialidad, entre la cual se encontraba un mercenario austro-húngaro: Franz Wilhelm Edgar Wisner von Morgenstern. Recordemos este nombre, pues como veremos más adelante; tendrá relevancia en el tema que tratamos. Estos últimos (Paz y sus oficiales, digo), luego se refugiaron en el Brasil. 
Por su parte, Carlos Antonio López buscó adquirir armas al imperio, y a mediados de 1849 volvió a las andadas contra la Confederación Argentina y puso a von Morgenstern al frente de un ejército de 6.000 hombres. Su plan se trataba, a la par de hostilizar a Rosas; de mantener abierta la antigua línea comercial entre Itapúa (la actual Encarnación) y San Borja (la actual São Borja), en las Misiones. Se sucedieron entonces los actos de depredación, incendios y saqueos cometidos por los paraguayos en el puerto de Hormiguero y en Santo Tomé, y la ocupación de Tranquera de Loreto (que era el límite entre las Misiones y la provincia de Corrientes, donde hoy está la ciudad de Ituzaingó, y de Trinchera de San José (la actual ciudad de Posadas). Finalmente, los latrocinios cometidos por los propios paraguayos, fueron los que esterilizaron el comercio que se proponía López. Pasó que éste se dejó llevar por von Morgenstern y sus socios brasileros: el encargado de negocios en Asunción, Pedro de Alcântara Bellegarde, y un diputado apellidado Fernández Chaves, quienes por una jugosa comisión en la venta de armas, habían "asesorado" a Don Carlos en el sentido de que iba a declararse la guerra entre la Confederación Argentina y el Brasil. Al percatarse de la gaffe que había cometido, López mandó a su hijo Francisco Solano a tratar de enmendarla (éste destituyó a von Morgenstern, quien se radicó en Itapúa, dedicado a la actividad forestal; ya lo veremos reaparecer en escena), e intentó, paralelamente, conciliar un tratado con Rosas quien, harto de las trastadas del paraguayo; se limitó a ignorarlo e hizo dictar una ley autorizándolo a reincorporar al Paraguay por la fuerza, lo cual finalmente no se produjo, porque su gobierno cayó en Caseros. El 17 de julio de 1852, la Confederación Argentina reconoció la independencia del Paraguay; pero los conflictos debidos al desacuerdo por los límites, continuaron. 
En ese marco, el primer antecedente relativo a la cuestión de la historiografía paraguaya, se dio a mediados de 1857. Un sector de la prensa de Buenos Aires, con el periódico El Orden a la cabeza, se embarcó en una tenaz campaña de denuestos contra el gobierno lopista, a la par que de encendida defensa de la libre navegación por el Alto Paraguay, y dando inclusive sitio en plana destacada a una serie de Cartas dirigidas al presidente Carlos Antonio López por parte de un paraguayo exiliado en Buenos Aires: Luciano Recalde, con prólogo y comentarios de Sarmiento.
A Recalde salió a responderle, en favor del lopismo, en las páginas de La Reforma Pacífica que dirigía Nicolás Calvo; otro paraguayo residente en Buenos Aires: Juan José Brizuela, quien además editó, en la imprenta de dicho periódico, no tanto un libro sino más bien un folleto escrito en parte en prosa y en parte en verso, bajo el extenso título "Ojeada histórica sobre el Paraguay, seguida del vapuleo de un traidor, dividida en varias azotainas administradas al extraviado autor de las producciones contra el Paraguay conocido vulgarmente por el nombre Luciano el sonso" (sic) (cursivas mías).
Es menester aclarar también que en el asunto intervenían, aparte del enfrentamiento político - ideológico en sí (Recalde formó parte principal de la llamada Sociedad Libertadora del Paraguay, opositora al gobierno de su país; y Brizuela integraba el staff de los López desde los tiempos de la gira europea de Francisco Solano -incluso hay quienes sostienen que fue amante de Elisa Lynch en París y que fue él, cuando se cansó de disfrutar de sus "favores", quien se la presentó después a aquél; pero se trata de algo que no está comprobado y que posiblemente sea sólo un chisme usado como dicterio-), intereses vinculados al comercio de la yerba mate.
Al morir Carlos Antonio López en 1862, le sucedió en el gobierno su hijo, Francisco Solano. Será materia de otro artículo abordar el asunto de esa presidencia hereditaria y las supuestas (o no) intenciones de este último de implantar posteriormente una monarquía y de cuánto hay de verdad o de mito en las gestiones que tendientes a ese efecto llevó a cabo en distintas cortes de Europa; por ahora quiero ceñirme a la cuestión de la historiografía paraguaya y qué hicieron los López al respecto. 
Ya hemos visto lo del padre; en la próxima entrega, estudiaremos qué actitud adoptó el hijo en relación al tema que nos ocupa hoy.

Continuará


domingo, 7 de septiembre de 2014

PONCHO VERDE. ENTRE LA HISTORIA, LA LEYENDA Y EL MITO



Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Que uno a veces dice cosas / de a dieces como de a cientos / y a'nde quiere fantasiar, / le va poniendo el acento. (José Larralde)

La ira es una locura de corta duración. (Horacio)

El arroyo Poncho Verde serpenteante y correntoso, / que a los pies del parque Mitre manotea el Paraná, / lleva el nombre de un paisano atrevido y receloso, / según cuenta en su lenguaje algún cambá. (Isidro Luciano Prado)

Cuentan que en 1810 llegó a la ciudad de Corrientes para afincarse en ella, un paisano proveniente de las Misiones, apellidado Ponccio o Ponchio, acerca del cual corrían mentas de su ingenio y valentía, y quien prontamente se integró a las milicias de la provincia, formando parte, con el grado de alférez, de las tropas que marcharon con Belgrano en la expedición al Paraguay dispuesta por la Junta de Buenos Aires. 
Regresado de la misma, después, ya en 1812, en el marco de los festejos de la ciudad por el segundo aniversario de la Revolución de Mayo, se lo promovió a sargento en mérito al coraje y a la audacia que había evidenciado en dicha campaña, distinción esta que el paisano celebró luego, a la noche, en un bolicho que quedaba en el hoy denominado barrio La Rosada, jugando al billar en medio de copiosas libaciones. Como había perdido en el juego, su mal talante, exacerbado por el alcohol que ingirió, lo hizo reaccionar ante el reproche airado del bolichero (un peninsular llamado don Ángel, enfadado porque Ponccio o Ponchio, borracho, había rasgado con la punta del taco el paño de la mesa); asesinándolo de una puñalada en el pecho. Tras cometer el crimen, arrancó el paño, y poniéndoselo a guisa de poncho, salió hacia un arroyo que por allí corría, perdiéndose entre la espesura de la vegetación de la orilla. Estuvo oculto muchos días, hasta que una partida de la guardia urbana lo ubicó y lo mató, pero no sin antes que a su vez; él abatiera a quien mandaba la misma: un sargento apellidado Piris. En el lugar donde cayó (la intersección de las hoy por hoy calle Hipólito Yrigoyen con la avenida España), su mujer y sus hijos clavaron una cruz. A partir de aquellos sucesos, los correntinos llamaron Poncho Verde al arroyo. Y eso es, en sustancia, lo que la tradición oral nos ha traído al respecto.
Supe andar mucho por Corrientes, y un día, regresando de visitar a un cliente que tenía sus oficinas en la avenida Poncho Verde (por debajo de cuyo asfalto corre hoy aquel arroyo), vine a enterarme de todo esto por lo que me contó el chofer del taxi que me llevaba. Tiempo después, en distintas circunstancias, pero siempre en Corrientes, volví a escuchar ese relato en tres oportunidades, con algunas variantes menores entre sí (el agregado de un dato por aquí, el cambio de un nombre por allá), pero esencialmente el mismo. El asunto me interesó y me propuse investigarlo.
Muchas horas pasé buscando y rebuscando en el Archivo General de Corrientes. El resultado fue: nada, ni una sola mención al suceso. 
Me extrañó, pero no me preocupé en demasía, porque inferí que los antecedentes del caso debían de haberse girado a la Junta, ya que por entonces el gobierno de Corrientes era sufragáneo del de Buenos Aires y en razón de ello; tendría que estar debidamente asentado en el Índice del Archivo del Gobierno confeccionado en 1860 por Manuel Ricardo Trelles con arreglo a la disposición emanada del ministro Carlos Tejedor. O de últimas, debería obrar en el Archivo General de la Nación, la documentación relativa al hecho. Pero otra vez fracasé, no pude hallar nada.
En principio, supuse que quizá se hubiera relativizado un asunto al que no se le asignase un grado de relevancia que ameritara su registro; pero más temprano que tarde me vi obligado a descartar esa idea, ya que sí se citaban hasta las cuestiones más menudas, como por ejemplo y entre otras muchas:

... Al Teniente Gobernador, remitiéndole una representación de D. Antonio Tomas Lopez sobre los obstáculos que esperimenta (sic) para el matrimonio que intenta contraer con Da. María del Tránsito Centurion... Al Comisionado de Mandisobí (sic), se le avisa quedar en estas reales cárceles el preso Gervasio Sequera. Al Defensor de Menores de Corrientes, dirigiéndole la instancia de Da. Francisca Paula Quiroz, relativa a la separación de su hermana Da. Dionicia (sic)... El Juez D. Francisco Portalea, instruye del escandaloso amancebamiento de las mugeres (sic) que espresa (sic) y consulta si seguirá la causa, por haber ocurrido ellas al Gobierno.

Así pues, vemos que nada quedaba sin registrarse. ¿Cómo, entonces, no había cita alguna acerca de un asesinato ocurrido en una ciudad que tendría por esa época a lo sumo cinco mil habitantes, perpetrado por alguien a quien se le atribuía haber sido nada menos que oficial de Belgrano, y contra un comerciante que, por más que se tratase de un bolichero; seguramente pertenecía a la que por entonces se reputaba como clase principal y sana del vecindario?
Por otra parte, el general Belgrano en su Autobiografía, al narrar la expedición al Paraguay, no menciona a un alférez Ponccio ni a ningún otro oficial; sino que simplemente escribe "algunos vecinos de Corrientes", de entre los cuales luego individualiza a Ángel Fernández Blanco y a Eugenio Núñez Serrano:

... Por la primera vez se me presentaron algunos vecinos de Corrientes y entre ellos el muy benemérito don Angel Fernández y Blanco a quien la patria debe grandes servicios y un viejo honradísimo, don Eugenio Núñez Serrano, que se tomó la molestia de acompañarme en toda la expedición, sufriendo todos los trabajos de ella sin otro interés que el de la causa de la patria. El teniente gobernador (nota mía: se refiere a Elías Galván, a quien la Junta había designado en reemplazo de Pedro de Fondevila) me describió haciéndome mil ofertas de ganados y caballos; aquéllos me alcanzaron en número de 800 cabezas, que era preciso dar dos por una, pues estaban en esqueleto; los caballos nunca vinieron, y sin embargo me escribió que nos había franqueado hasta 4.000. (sic)

Tenemos entonces que ni en el Archivo General de Corrientes, ni en el Indice del Archivo del Gobierno de Buenos Aires, ni en el Archivo General de la Nación, ni en las memorias del general Belgrano, se menciona a un Ponccio (ni Poncio, ni Ponce, ni Pons ni ninguna otra grafía parecida), ni se cita un hecho (ni luctuoso ni de ningún otro tipo, sea éste cual fuere) por él protagonizado. Forzoso me fue, consecuentemente, concluir en que todo se trataba de una leyenda. Sin embargo, el asunto seguía dando vueltas en mi cabeza; tenía la sensación de que había algo que yo no lograba asir ni comprender. Pero... ¿qué era?
Y un día, del modo más impensado, tuve la respuesta y adquirí consciencia de qué era ese algo: estábamos una mañana en Corrientes con mi esposa paseando con nuestra perra por el parque Mitre, precisamente donde el arroyo Poncho Verde viene a desaguar en el río Paraná, cuando de repente, lo vi.


Súbitamente, todo adquirió una prístina claridad. Allí estaban, límpido el cielo del criollismo, refulgente el sol del paisanaje; desde la noche de los tiempos me llegaba, bronco, aquel grito rebelde y glorioso de la revolución traído en sones de bravura añeja. Y allí estaban, en fin; todos los personajes de aquella leyenda, como fantasmas sacudiéndose el polvo del olvido. 
¡Cuán torpe e imbécil me había evidenciado al no entenderlo antes!
La historia, la leyenda y el mito, tratan de explicar el pasado. La primera, desde la heurística, y la leyenda y el mito, desde la tradición trasmitida de generación en generación a partir de un suceso determinado al cual se le agregan elementos imaginativos y/o fantásticos. Pero además, aplicados a un medio local (un país, una provincia, una ciudad, etc.), tanto la historia como la leyenda y el mito, tienen en común el propósito de fundar, cimentar, enaltecer y ostentar ante el resto del mundo, la pertenencia a ese medio local.
No me había quedado falta sin cometer, y por eso no lograba desentrañar el "misterio", misterio ese que yo mismo creé donde no lo había. En este caso, mi error original fue no haber acertado a situarme en tiempo, lugar y circunstancias, "pecado" en el que solemos incurrir (muchas veces, inconscientemente y a pesar de querer, desde la honestidad intelectual, evitarlo cuidadosamente) quienes nos abocamos a tratar de comprender y narrar la historia. Y todos los demás, habían sido la consecuencia lógica de esa falla. En mi zoncera presuntuosa quise analizar desde el rigor histórico a un personaje que debí haber notado de entrada que era de leyenda y al cual identifiqué como central en la trama de la misma, cuando estaba muy lejos de serlo. 
En síntesis, yo estaba meando a miles de kilómetros de un tarro que se hallaba en Tombuctú.  Por eso, en virtud de algún intrincado mecanismo de la inteligencia, al estar in situ, las fuerzas telúricas llevaron a mi espíritu a entender la cuestión.
La Revolución de Mayo no fue un acontecimiento al cual se adhirieron en masa todos quienes habitaban el territorio del virreinato del Río de la Plata; sino que existieron, en Buenos Aires y también en las demás ciudades y pueblos, marchas, contramarchas, vacilaciones y... oposiciones. Y Corrientes no fue la excepción, porque hubo en el seno de su sociedad una profunda división en torno a ello. Y allí está, como mudo testigo de aquellas disensiones, exhibida en una vitrina del Museo Histórico Provincial, la camisa ensangrentada de Félix Ponciano de Llano, español peninsular muerto a puñaladas por patriotas exaltados el 27 de mayo de 1812 por vivar a Fernando VII. Para quienes estén interesados en profundizar en esa temática, la misma está exhaustivamente tratada en un excelente libro de un muy concienzudo y prestigioso historiador correntino: el esquinense Dardo Ramírez Braschi, cuya lectura me atrevo a recomendar, titulado Patriotas y Sarracenos. La lucha revolucionaria en la provincia de Corrientes (1810-1812).
La leyenda de Poncho Verde es una alegoría precisamente a esa problemática, una metáfora que nos la ilustra a través de los distintos personajes que simbolizan las facciones en pugna. 
La tesis: el criollo Poncho Verde viene a ser así la exaltación del patriotismo, el alma misma de la correntinidad  en eclosión magnífica y enancada a una nacionalidad que se apresta a surgir, radiante, a partir del proceso revolucionario. Se lo pinta como proveniente de las Misiones, de modo de significar los derechos que se atribuía Corrientes sobre ellas, y como capaz de heroicidades y arrojos en la expedición al Paraguay, de manera de diferenciarlo claramente de los sarracenos que se habían soliviantado como consecuencia de la invasión paraguaya de abril de 1811 a Corrientes; y como osado, belicoso y corajudo, prendas esas que todo correntino que se precie, considera características suyas por antonomasia.
La antítesis es don Ángel, español peninsular, el sarraceno odioso contra el cual todo estaba permitido y justificado, incluso el asesinato. 
La síntesis es Piris, asimismo criollo, el que mata a Poncho Verde en quien ve la sinrazón, la falta de ley, el exceso, lo que es preciso encauzar (por eso es un arroyo) so pena de ahogarse en una revolución que, una vez conseguida la libertad que el sarraceno conculcaba; ha de dejar paso al imperio de un nuevo orden. Pero así como Piris acaba con Poncho Verde; él también debe morir en la demanda, y a manos de éste, pues su sangre, fundida con la del paisano y con la de don Angel, es la ofrenda que la tierra reclama para pacificar los espíritus alterados por las pasiones en conflicto. Y la mujer y los hijos de Poncho Verde simbolizan el pueblo, aliviado en su tragedia por la fe religiosa traducida en la cruz que clavan.
Hallé pues, la explicación que tan afanosamente había buscado, no obstante lo cual debía subsanar una omisión mía: no había consultado las actas capitulares del cabildo de Corrientes. ¿Y si después de todo, había en ellas alguna mención? Era muy improbable; pero tenía que estar seguro. Me decidí entonces a escribir a quien tuvo a su cargo, justamente en el Archivo General de Corrientes, organizar y catalogar los documentos que fueran recopilados por Manuel Florencio Mantilla, y quien es, además; Director de Investigación de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional del Nordeste: el doctor Dardo Ramírez Braschi, al que mencioné más arriba y quien, gentilmente, me confirmó que en efecto, tampoco él había podido hallar nada (y aprovecho para reiterar aquí el especial agradecimiento que oportunamente le expresé).
Lo de Poncho Verde es a la vez historia, leyenda y mito. Es historia por cuanto emana de eventos históricos reales y comprobados (adhesión de Corrientes a la Revolución de Mayo, Expedición de Belgrano, Invasión del Paraguay a Corrientes y luchas intestinas entre patriotas y sarracenos); es leyenda etiológica en tanto su construcción lleva el aporte de elementos que surgen de la fantasía popular y que fueron transmitidos sucesivamente a través de la tradición oral; y es mito histórico-cultural pues remite a un tiempo primordial y cumple con la condición de opuestos reconciliados en una síntesis superadora del antagonismo primigenio.
Poncho Verde es, además; folclore regional. Tanto así, que fue hecho chamamé, compuesto y registrado debidamente en SADAIC el 17 de julio de 1973 bajo el código 208042, a favor de Avelino Flores en la composición musical y de Isidro Luciano Prado en la autoría poética.
Y desde ahora, ya podrá usted saber, entonces, estimado lector, de qué le estarán hablando en Corrientes cuando le mencionen a Poncho Verde.
¡Hasta la próxima!

Imagen de portada: Octavio Gómez (1916-2014), "El Poncho Verde", óleo sobre tela, 1963

-Juan Carlos Serqueiros-


jueves, 28 de agosto de 2014

SARAH BROWN, LA CLEOPATRA DEL ESCÁNDALO. CUARTA Y ÚLTIMA PARTE





















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


ES CONTINUACIÓN DE SARAH BROWN, LA CLEOPATRA DEL ESCÁNDALO. PRIMERA, SEGUNDA Y TERCERA PARTES (ENLACE I, ENLACE II Y ENLACE III)

¿Será posible que una vez más el cuerpo fatal y maravilloso, la terrible gracia femenina, cause la conmoción del mundo? ¿Y que Helena se llame ahora Mlle. Manon o Sarah Brown? ¿Y que vaya a arder París, nuestro París de todos, por causa de una bacanal? (Rubén Darío)

Era esta que se hacía el poeta una buena pregunta, ¿no?
Aunque la perspectiva desde la cual Rubén Darío analizara por entonces esos hechos (de los cuales había sido testigo presencial) fuera (aún enrolado en el modernismo literario) la del romanticismo (porque ese "nuestro París de todos" era indudablemente indicativo de vivir -culturalmente, me refiero- en la ciudad luz que supo encandilar a Alberdi, Echeverría y demás jóvenes mayos); barruntó que algo más que una rebeldía estudiantil debía de haber tras los sucesos, y quiso transmitir esa sensación en sus artículos publicados por el diario argentino La Nación (era por ese tiempo corresponsal de dicho periódico). No consiguió develar las causas de lo ocurrido; pero estaba bien rumbeado. Y su sentido común lo llevó a escribir lo siguiente:

Hay que advertir que después del escándalo, la asociación de modelos, protestó. Es cierto que en el baile sobresalió, como siempre, la Goulue, que si es modelo, no lo es ciertamente de los talleres. Los grupos, en el desfile, eran bellos, es indudable. Pero yo, que no soy tartufo, puedo asegurarle que no dicen la verdad quienes afirman que reinaba en todo la "castidad” del arte... La muchacha llamada Manon, desnuda sobre su asno, hubiera sido aclamada en una celebración de Baco, en los tiempos del paganismo. Yo, como artista y como joven, gocé con el brillante y deslumbrador espectáculo.  Pero si fuese francés y tuviese hijas, seria del partido del buen Sr. Bérenger, que ha cometido el delito de defender el pudor parisiense. Y creo que ese asendereado caballero cuenta con simpatías. Sobre todo, en muchas casas del faubourg Saint-Germain, y en la excelente burguesía; porque por más que se hable de la desorganización moral de París, no es toda ella "el burdel del mundo" la espléndida y portentosa ciudad. (Negritas y subrayados míos)

De paso, lo de Rubén Darío sirve para enterarnos (aunque lo suyo era de oídas, porque si bien fue testigo presencial de los disturbios, no pudo haber asistido al Bal des Quat'z'arts toda vez que éste tuvo lugar el 9 de febrero; mientras que él llegó a París a mediados de junio), de que era más notoria en el desfile previo al baile la desnudez de Manon montada sobre un asno; que la de Sarah Brown personificando a Cleopatra. Sin embargo, fue esta última quien quedó para la posteridad como la causante del "escándalo".
Veamos: ¿podían unos cuantos estudiantes, algunas putas y un puritano recalcitrante causar una conmoción social y política como la que acaeció? ¿Y tan luego en una de las principales capitales del mundo, en el por entonces faro cultural de Occidente? Y... de hecho, pudieron, ¿no? ¿Qué tiene de extraño? ¿Acaso no fue un caballo moro apropiado por Estanislao López lo que atrajo contra éste la furia de Facundo Quiroga? ¿No fue un telegrama lo que decidió a los Estados Unidos a entrar en la Primera Guerra Mundial?  ¿No fue por la bella y rubia Delfina que Pancho Ramírez perdió su cabeza en Río Seco? ¿No fue una plaga la desencadenante de la diáspora irlandesa? ¿No fue un adulterio lo que provocó la guerra de Troya? ¿Quiere que siga? Para qué... La historia está llena de hechos en apariencia no tan graves, a partir de los cuales, en un contexto determinado; se originaron luego terribles catástrofes para la humanidad.
Podemos seguirle el jueguito al bueno de Rubén Darío, y ver a Dioniso manejando a Guillaume, a Afrodita instigando a Manon, Sarah Brown y demás hetairas, a Hestia detrás de Bérenger, a Hermes y Hera impulsando a la Goulue, a Ares dirigiendo la mano de aquel policía que arrojó la fosforera, al gobierno y los estudiantes disputándose el cadáver de Nuger como aqueos y troyanos disputábanse el de Héctor; todo en el grand guignol de la comedia humana. Al fin y al cabo, como escribí una vez en cierto poemita: "Siempre ganan los hados / Está cantado el final / (Y desde arriba, los cosos esos... / Se nos cagan de risa!" (ver Rumbo a través de este ENLACE). 
El hombre es materia y espíritu, y es el sujeto de la historia, ergo; la historia es el hombre mismo y como tal, es también materia y espíritu. Pero lo que impulsa al hombre no son sólo las fuerzas que emanan de la materia y el espíritu que lo constituyen: deseos, pasiones, ideas... además lo mueve el azar; con lo cual la historia es en parte azarosa.
Fue el azar lo que dispuso caprichosamente que estuviese, en el lugar y el momento más equivocados, el hombre menos indicado: Lozé. Que por cierto, no era un hijo de puta, sino algo infinitamente peor que eso: era un imbécil. Aquel cretino con su inacción criminal fue el responsable principal de todo lo que pasó. Como diría Landriscina: "Ese fue todo el motivo / que originó la tragedia". Bastaba con que el prefecto tuviera buen criterio y mandara sus agentes a vigilar las calles recorridas por la manifestación de estudiantes, cuidar que las cosas no fueran a desmadrarse y listo. Pero Lozé no tenía buen criterio. Y para colmo, le faltó cintura política para separar a los estudiantes de los anarquistas (si bien es cierto que lo intentó; pero es archisabido que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno) una vez conocido que estos últimos eran quienes atizaban el fuego y causaban los desmanes.
¿Qué fue de los protagonistas principales de los sucesos me pregunta, estimado lector? Paso a contarle:
Marie-Florentine "Sarah Brown" Royer murió en 1896, tres años después de estos sucesos, víctima de la tisis según el periódico inglés Daily News en su edición del 12 de febrero; o suicidándose, según se afirmó en la publicación francesa La vie moderne. Particularmente, estoy inclinado a creerle al primero. Pálpito nomás, eh.
Louise "la Goulue" Weber se independizó del Moulin Rouge en 1895 y se estableció por su cuenta; dilapidó la fortuna que había amasado y terminó vendiendo flores por los cabarets de París. Murió en 1929 en un hospital, obesa y alcohólica, sumida en la más absoluta pobreza.
Alice "Manon" Lavollé continuó posando para los artistas, participando de los sucesivos bailes y... desnudándose.
De Emma "Suzanne" Denne y Antoinette "Mlle. d'Harfeuille" Rouvière nunca más se supo nada.
Acerca de Clarisse "Yvonne" Roger, sabrá disculparme usted que me reserve momentáneamente la respuesta; es que justamente referido a ella estará algún próximo artículo mío, ¿sabe? 
Marie "Marion" de Lorme, llamada la "cortesana de los bellos hombros" (no se extrañe, eso de los bellos hombros era una expresión del argot parisino, un eufemismo para referirse a los senos; en ambientes más procaces -o menos hipócritas- dirían "la puta de las lindas tetas"), consiguió de alguna manera (imagine usted cuál), evadir el proceso judicial que iban a incoarle por haber percibido de un banquero judío, el barón Jacques de Reinach, jugosísimas "comisiones" por conseguir, en el marco de la estafa que pasó a la historia como el "escándalo de Panamá", que sus clientes invirtieran en acciones de una empresa fraudulenta que se armó para la construcción del canal bioceánico, negociado aquel del cual participaron más de cien políticos notables de la época y por el que fue convicto sólo uno de ellos: Charles Baïhaut, ex ministre de Travaux publics, condenado por un tribunal el 9 de febrero de 1893 (vaya con la coincidencia de fechas, ¿no?) a cinco años de prisión (de los cuales sólo cumplió tres). Parece que la hermosa Marion unía a su habilidad para las acrobacias de alcoba, un corazón abrasadoramente helado (perdón por el oxímoron, diría el inefable Georgie Borges) y una muy notable astucia; porque por ella se suicidó más de un joven de la élite parisina, "raptó" a uno de los nativos de Costa del Marfil exhibidos en París como si se tratase de objetos curiosos (lo mismo habían hecho los franceses en 1833 con los charrúas que sobrevivieron al etnocidio perpetrado en Salsipuedes), para comprobar por sí misma cómo hacían el amor "esos indígenas", quedando "encantada de la aventura" (la revista Fin de Siècle en su edición del 30 de julio de 1893 que publicó esta "noticia" -¿o usted creía que los riales, tinellis, venturas y demás escoria del chusmaje conventillero son inventos del aquí y ahora?- no aclara si lo de Marion "encantada de la aventura" obedecía a los atributos del "indígena", o si era porque éste sabía muy bien cómo emplearlos), vivía entre obras de arte (la damisela solía cobrar en especies por sus servicios amatorios) en un lujoso petit hôtel situado en la avenida Víctor Hugo, luego adquiriría una fastuosa mansión en la avenida de Wagram, y después, en 1906, vendería todo, para retirarse de la "vida social" y mudarse a una suntuosa casa en la campiña francesa hasta el fin de sus días; pero no sin antes darse el gusto de hacer en su residencia, en julio de 1896, una avant-première de la pieza teatral escrita y actuada en el papel central por ella misma: una especie de autobiografía a la cual tituló Homme du monde y que afortunadamente para el arte, nunca llegó a representarse en público.
René Bérenger, irreductible en su mojigatería pero impulsor de importantes innovaciones en las leyes, murió a los 85 años en 1915, rodeado del respeto de sus compatriotas. No de todos, claro; porque el artista Adolphe Willette le enviaba a su casa todos los 1° de enero de cada nuevo año, una tarjeta que llevaba impreso: "Nuger", recordándole así al hombre al que sindicaba (injustamente, en mi opinión) como culpable, el asesinato de aquel joven.
Marie-François-Sadi Carnot, proveniente de la familia de ese apellido, de antiguo linaje y que diera a su país estadistas y científicos notabilísimos, fue uno de los presidentes más populares de la historia de Francia. Murió asesinado el 25 de junio de 1894, menos de un año después de los hechos que estamos narrando, a manos de un anarcoterrorista italiano, Sante Geronimo Caserio, quien lo apuñaló en el pecho durante un acto público.
Henri-Auguste Lozé fue desplazado de la prefectura de policía el 10 de julio de 1893, pero (probablemente en premio a su eficaz desempeño) lo nombraron embajador de Francia en Austria, por lo cual pasó a residir hasta 1897 en Viena. Llamado a su país, le fue ofrecida la gobernación de Argelia (¡?), por entonces, colonia francesa; pero prefirió ocupar un cargo burocrático en el ministère de l'Interieur hasta 1902, en que fue electo diputado. Después, desde 1906 fue senador, hasta su muerte en 1915. Tengo para mí que su vida fue la cabal demostración de aquello escrito por Pierre-Augustin de Beaumarchais en Las bodas de Fígaro: "Con ser mediocre y saber arrastrarse se llega a cualquier parte". Henri Lozé: una verdadera calamidad.
No terminaría aquel fatídico 1893, sin que se produjera otro hecho desgraciado: la tarde del 9 de diciembre en el recinto de la cámara de diputados, un anarcoterrorista llamado Auguste Vaillant, quien se hallaba entre el público que presenciaba los debates, arrojó sobre los parlamentarios una bomba cargada con metralla y clavos, hiriendo a cincuenta personas. Presidía la sesión Charles Dupuy quien, a pesar de haber sido herido en la cabeza, de la cual manaba su sangre en abundancia; haciendo gala de sus temple y coraje personal, dijo con calma: "Messieurs, la séance continue". Decididamente, París era por entonces un horno que no estaba para bollos.
¿Y qué pasó en adelante con el Bal des Quat'z'arts quiere saber? Le cuento: volvió a realizarse (se celebraría hasta 1966), el 21 de abril de 1894, y otra vez, en el Moulin Rouge. Estaba aún fresco el recuerdo de los hechos luctuosos; no obstante lo cual los estudiantes diseñaron una carte de entrée, que puede apreciarse en la imagen siguiente y que era en sí misma una alegoría de lo que consideraban su triunfo frente a la represión: aparecen cuatro modelos (en obvia alusión a las que fueron procesadas y multadas por el "escándalo": Sarah Brown, Manon, Suzanne e Yvonne) elevándose en el aire por sobre un muro (simbolizando las barricadas hechas con ómnibus, tranvías y kioscos derribados) y los policías caídos en el suelo, representando la derrota del odiado Lozé. Extrañamente -digo, al menos, en la tarjeta de invitación- se "salvó" el bueno de Bérenger. ¿Soy muy iluso si infiero que en alguien primó el buen criterio y se decidió a escoger el justo medio? Ni tan peludo que no se le vean los ojos, ni tan pelado que se le vean los sesos.
Y en cierto modo, sí se trató de una "victoria" estudiantil, porque los desnudos en el Bal des Quat'z'arts siguieron, y más aún; fueron una constante a lo largo de los años, una marca en el orillo. 
La París de la Belle Époque con su bohemia, su arte,  su democracia parlamentaria, la ciudad alegre, desprejuiciada, despreocupada, atrevida hasta la procacidad, plena de luces que centelleaban entre vahos enloquecedores de absenta, chispeantes burbujas de champagne y cafés amanecidos tras la orgía nocturnal; era una cara de la moneda.
La otra, era la París trágica y sórdida de la miseria, el hambre, la desigualdad social, la prostitución, los escándalos financieros, el colonialismo, la corrupción política y el anarcoterrorismo. Y esa... no tenía nada de Belle.
Quizá la Belle Époque no fuera otra cosa que un espejismo que se inventó el subconsciente francés, un colagogo para digerir mejor la derrota humillante de 1871 y el banquete de la victoria de 1918, todo lo cual sufrió y celebró frente a un mismo enemigo: Alemania; y en un mismo escenario: el palacio de Versalles, olvidando, una vez más -como lo olvidó, lo olvida y lo seguirá olvidando la humanidad entera- que todo es efímero y que desde siempre en el reloj de la historia "el tic no alcanza a tac" (Solari dixit).
Como escribió León Felipe: "¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra / al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? / Los mismos hombres, las mismas guerras, / los mismos tiranos, las mismas cadenas, / los mismos farsantes / ¡y los mismos, los mismos poetas! / ¡Qué pena, / que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!".

-Juan Carlos Serqueiros-


sábado, 23 de agosto de 2014

SARAH BROWN, LA CLEOPATRA DEL ESCÁNDALO. TERCERA PARTE

















Escribe: Juan Carlos Serqueiros


ES CONTINUACIÓN DE SARA BROWN, LA CLEOPATRA DEL ESCÁNDALO. PRIMERA Y SEGUNDA PARTES (ENLACE I Y ENLACE II)

La Goulue, cette flamboyante catin, a mis le feu à Paris (La Goulue, esa puta extravagante, prendió fuego a París.)
-Henri de Toulouse-Lautrec-

Ocurrió que los estudiantes de bellas artes, lejos de estimar absolutorio el veredicto; lo tomaron como suficiente causal para mostrar su disconformidad con el mismo, convocando, para la noche del sábado 1 de julio, a concentrarse en la plaza de la Sorbonne para marchar desde allí al senado en repudio a Bérenger. Llevaban en sus solapas una hoja de parra, en obvia alusión irónica a "esconder la desnudez". 
La guardia municipal quiso detenerlos, pero se demostró impotente para ello; ya que cerca de dos mil almas se habían juntado, producto de sumarse a la manifestación los estudiantes de medicina (había entre ellos y los de bellas artes una muy estrecha relación, tal como escribí en mi artículo ¿Vamos al Bal de l'Internat?, al cual puede accederse a través de este ENLACE). Encima, seguían llegando a la plaza más y más estudiantes, cuando sorpresivamente cayó sobre ellos un escuadrón de la prefectura de policía, atacándolos sin decir agua va. Los estudiantes corrían por la calle en procura de guarecerse donde pudieran, y un buen número de ellos entró al café y brasserie d'Harcourt, uno de los sitios más populares y concurridos de París, que quedaba en el N° 47 del boulevard Saint-Michel y hasta allí fueron tenazmente perseguidos por los agentes, que irrumpieron en el local, en el cual se hallaban personas que nada tenían que ver con los sucesos de la calle; sino que estaban tranquilamente allí tomando o comiendo algo. Y había entre esas gentes ajenas a todo, un joven de 22 años, dependiente de comercio, llamado Antoine Nuger quien, sorprendido por la insólita situación y al verse agredido; intentó alejarse de allí corriendo.
Por esa época, era habitual en los cafés parisinos colocar en las mesas unas fosforeras cerámicas grandes y pesadas, destinadas a su uso por parte de los clientes. Los policías las utilizaron para tirárselas como proyectiles a los que huían, sin distinguir, en medio de la batahola, si eran estudiantes o parroquianos. Una de esas fosforeras dio de lleno en la cabeza de Nuger quien resultó, por ser muy alto y por la corta distancia a la que se hallaba, blanco fácil para el policía que se la arrojó y quien, a pesar de ser derivado al hospital de la Charité; falleció allí a las 3 de la madrugada del 2 julio. 
El prefecto de policía, Henri-Auguste Lozé, era la viviente y andante representación de la imbecilidad consumada con un grado de perfección asombroso; un politicastro bueno para nada que hizo lo que mejor sabía hacer, o sea... nada. Sin nadie que la dirigiera -porque Lozé era eso: nadie- desde el sentido común y con instrucciones precisas; la policía salió a reprimir una manifestación la cual, sin su intervención, se hubiera agotado en una gritería hostil ante el senado, unas cuantas marchas por las calles de París insultando al bueno de Bérenger y nada más.
En las tarde y noche del domingo 2 de julio, los estudiantes volvieron a concentrarse en la plaza de la Sorbonne, exhortando a la población a asistir al sepelio de Nuger, y después marcharon hasta la prefectura de policía a reprobar e insultar a Lozé. El lunes 3 las cosas se agravaron: un diputado opositor al gobierno (por entonces, el presidente de Francia era Marie-François-Sadi Carnot) pidió en la cámara que se interpelara al ministro de Interior (y también primer ministro), Charles Dupuy, quien trató de bajar la tensión haciendo esparcir por conductos extraoficiales el rumor de la renuncia de Lozé; lo cual desde luego, alegró a los estudiantes (y a tout París, porque si algo tenía Lozé, era que generaba uniformidad en la opinión acerca de él: era unánimemente odiado). Pero paralelamente, alguien se fue de boca y trascendió que el gobierno estaba resuelto a impedir que el entierro de Nuger se transformara en una concentración popular; para lo cual se aprestaba a sacar subrepticiamente su cadáver de la ciudad, y entregarlo a sus familiares fuera de la misma (todo lo cual era cierto, como veremos a continuación). Los estudiantes se dirigieron al hospital para comprobar que el cuerpo de Nuger siguiera allí, y previsiblemente, chocaron con la policía. Luego fueron a la plaza de Saint-Michel y comenzaron a incendiar los kioscos, tanto los que servían de garita a los policías; como los de venta de diarios y revistas. Hubo esa noche durante los enfrentamientos más de cien heridos.
En la mañana del martes 4, la cita de los estudiantes era en el hospital de la Charité. El choque con la policía fue una verdadera batalla campal.
Los disturbios continuaron durante todo el día y toda la noche. Literalmente, ardió París. El Quartier Latin fue un escenario dantesco. Los manifestantes (que ya no eran tales sino combatientes en toda la línea; porque además empezó a ser notoria la presencia de agitadores que tenían otros móviles que no eran precisamente la rebeldía estudiantil) armaban barricadas con ómnibus y tranvías (de caballos ambos, obviamente) que daban vuelta para parapetarse tras ellos, y con kioscos y columnas publicitarias, y apedreaban los faroles de alumbrado público, con lo cual las calles se iluminaban sólo con los disparos de armas de fuego y los vehículos y demás que eran incendiados.
Para la población, para el ciudadano común, se tornó más que evidente que los sectores radicalizados de la política y los elementos activos más virulentos del anarquismo, no sólo fogoneaban los disturbios; sino que en esos momentos eran quienes los protagonizaban. Y eso... no; de ninguna manera habría de tolerarse.
El gobierno se puso serio. El presidente Carnot y el primer ministro Dupuy asieron la ocasión por los cabellos: en la madrugada del miércoles 5, el gobierno mandó al hospital de la Charité dos batallones de caballería para que, retirado el cadáver de Nuger en la furgoneta de una funeraria (en la cual iría también su padre), lo escoltaran hasta Clermont-Ferrand, de donde eran oriundos tanto el occiso como su familia y donde sería sepultado, rindiéndole previamente honores militares en Charenton, como consignó, en su edición del día siguiente, el diario Le Gaulois. 
Y mandó el gobierno al ejército a cerrar la Bourse de travail, en una actitud que dejó en claro para todo el mundo dos cosas: que estaba dispuesto a ejercer su autoridad (o, según se interprete, autoritarismo, pues al emplear el ejército; paralelamente estaba desechando la vía judicial), y que reputaba a los sindicatos anarquistas (a los que declaró ilegales) como culpables de los disturbios.
El jueves 6, París amaneció ocupada por 50.000 soldados que el poder político distribuyó por toda la ciudad. A pesar de ello; durante ese día y el siguiente hubieron todavía algunas escaramuzas y manifestaciones, pero ya sin destrozos; y la presencia militar en las calles terminó por disuadir cualquier intento de alterar el orden público.
El sábado 8, se dejó trascender que la Bourse de travail "se reabriría tan pronto como fuera posible", y esa misma jornada, en la cámara de diputados se aprobó la conducta del gobierno durante los disturbios. Dos días después, éste informó que introduciría modificaciones de fondo en la policía, que principiarían con el reemplazo de Lozé por un "duro": Louis Lépine.
Y quizá debe de haber existido algún "cambio de figuritas", porque simultáneamente a eso; los estudiantes anunciaron que organizarían una gran colecta con el objeto de recaudar fondos para resarcir económicamente a los damnificados por los incendios y destrozos.
Finalmente, el 13, el ministro Dupuy declaró que el gobierno indultaría a los estudiantes que se hallaban detenidos por los desórdenes. 
El 14 de julio, día de la fiesta nacional de Francia, los actos oficiales, desfiles militares y festejos populares se llevaron a cabo con absoluta normalidad. El chubasco había pasado.
Hasta aquí, estimado lector, hemos visto cómo se produjeron los hechos, quiénes los protagonizaron y cómo terminaron; pero ¿podemos también afirmar que sabemos por qué pasó lo que pasó? Tengo para mí que no, no podemos.
Entonces, le propongo que en la cuarta y última parte de este artículo, intentemos dilucidar ese aspecto fundamental de la cuestión: el motivo.

Continuará


domingo, 17 de agosto de 2014

SARAH BROWN, LA CLEOPATRA DEL ESCÁNDALO. SEGUNDA PARTE






















Escribe: Juan Carlos Serqueiros



ES CONTINUACIÓN DE SARAH BROWN, LA CLEOPATRA DEL ESCÁNDALO. PRIMERA PARTE (ENLACE)

"Je n'ai rien vu là qui m'ait choqué ou qui ait pu outrager la morale publique, bien que, par profession, je sois très severe sur ce point. Mais, monsieur le président, ce n'était pas un bal public. J'ajoute que lorsque j'etais officier de paix, j'ai assisté à bien d'autres obscénités au bal de l'Opera, et je ne sache pas qu'il y aít eu des poursuites." ("No vi nada allí que me haya chocado o que pudiese ofender la moral pública, aunque por mi profesión, soy muy severo en ese punto. Pero, señor presidente, ese no era un baile público. Debo añadir que cuando yo era un oficial del orden, asistí a muchas otras obscenidades en el baile de la Opera, y no sé que hubiera un procesamiento.")
-Garnot, comisario de policía que había asistido el 8 de febrero de 1893 al Bal des Quat'z'arts; al tribunal, 23.06.1893-
 

En su denuncia, Bérenger tuvo un impensado coequiper que se sumó a la misma: Louise-Joséphine Weber, quien era más conocida por su nom de guerre: la Goulue, y por esa época, la más famosa de entre las bailarinas del french cancan y la première vedette del Moulin Rouge.  
Nacida en 1866 en Alsacia, de humildísimo origen, la Goulue no había tenido lo que se dice una existencia fácil. Lavandera, para escapar a la miseria y siendo aún una adolescente, alternaba ese oficio con el de la prostitución y ocasionalmente, posaba desnuda para algún fotógrafo que hacía cabinet-cards eróticas.  
Frecuentando el ambiente de la bohemia, participaba -bien que todavía como amateur- en espectáculos de danza -para la cual tenía y demostraba singular aptitud-, en 1885 conoció a Charles Desteuque, el amante de Émilie André (de nombre artístico Émilienne d'Alençon y con la cual pocos años después la Goulue mantendría una relación lésbica), quien ya empezaba a destacarse como bailarina; y también se vinculó con el pintor Pierre-Auguste Renoir, quien, además de emplearla como modelo para su cuadro Danse à la ville, la introdujo en el mundillo de los artistas y fotógrafos. Por ese tiempo, la retrataron Achille Delmaet y Louis-Victor-Paul Bacard. 
Después, entre 1888 y 1889, trabajó en el cirque Fernando, que estaba ubicado en Montmartre, en la esquina del boulevard Rochechouard con la rue des Martyrs, que debía su nombre al de su propietario, Ferdinand Beert, y del cual sería, junto con el payaso español Gerónimo Boum-Boum Medrano (que fuera afrancesado en Jérôme Médrano), la máxima atracción. 
En 1889, el ojo clínico del catalán Josep Oller, propietario del Moulin Rouge, se posó en ella y la contrató para integrar la quadrille de cancan de su cabaret. Muy pronto, la Goulue se convirtió en la estrella, en "la joya del lugar" (Solari dixit). Desde entonces, atrás quedaron la pobre lavandera por centavos y la oscura bataclana; adquirió fama y fortuna, era llamada ahora la Reina de Montmartre (ver a través de este ENLACE mi artículo al respecto), toda Europa hablaba de ella, leía su nombre en letras de molde en los periódicos, y hasta el príncipe de Gales acudía a ver y aplaudir su espectáculo. Y ella no tuvo empacho en decirle, mientras le enseñaba el corazón delicada, exquisitamente bordado en la entrepierna de su ropa interior y le quitaba el sombrero con la punta de su piececito: "Hey, Gales, esta noche, tú pagas el champagne".
Aquel miércoles 8 de febrero de 1893, la Goulue estaba -¡y cómo no habría de estar, justo ella!- entre los asistentes al Bal des Quat'z'arts, disfrazada de indienne (recordemos que el disfraz era condición sine qua non para poder participar del evento). Ni se inmutó cuando vio desnudarse parcial o totalmente a algunas de las modelos; pero al ver a Alice Manon Lavollé bailando la danza del vientre en traje de Eva, se exasperó y al día siguiente presentó una demanda civil contra los organizadores del baile.
Seguramente usted, estimado lector, estará preguntándose cómo podría una bataclana, una mujer divertida o de vida alegre, digamos, como la Goulue, escandalizarse ante eso; cuando ella misma había posado desnuda muchas veces y más aún: muy frecuentemente, cuando la noche del Moulin Rouge se alocaba más de lo habitual, dejaba descubiertos durante el baile sus senos, y en ocasiones, hasta permitía entrever fugazmente su velludo sexo.  
La impudicia no era en ella algo extraño, antes bien; era la regla corriente. ¿Y cómo, entonces? Ah!, es que no hay fortuna que más tema perderse, que la detentada por quien antes supo recorrer el siempre penoso camino de la pobreza extrema. Al ver a los hombres enfervorizados, plenos de excitación ante la desnudez sensual y danzarina de Manon; la Goulue sintió amenazado seriamente su propio métier, y por eso radicó la denuncia. Y de ese modo, en ella tuvo el puritano senador Bérenger justamente al más inimaginable de los aliados en su cruzada moralizadora.
El 23 de junio de 1893 tuvo lugar la audiencia judicial, en la cual no solamente se debatió la causa contra le Bal des Quat'z'arts; sino además una incoada contra le Bal du Fin de Siècle, un evento que el 1 de marzo había organizado la revista de ese nombre en el salón del Élysée-Montmartre, y al cual habían asistido, entre otras 3.000 personas más (y pensar que hay quienes dicen todavía que el París de la Belle Époque no era la joda loca), la Goulue, la Macarona (otra de las vedettes del Moulin Rouge), Antoinette Rouvière (llamada Mademoiselle d'Harfeuille), Marie de Lorme (una hetaira que utilizaba para su correspondencia un lujoso papel de cartas con la leyenda "Me abro de noche", y que fue por esos días amante del poeta Rubén Darío -pagando éste por sus favores, por supuesto; amor grato pero no gratutito, o a ver si algún colgado cree que se trató de uno desinteresado- y cuyo nom de guerre era "Marion", por asociación obvia entre su apellido y el drama en verso y la ópera epónimos de Víctor Hugo y Amilcare Ponchielli respectivamente) y Alice "Manon" Lavollé (¡otra vez Manon!, se ve que esta damisela no se perdía ninguna festichola, che), en la cual los imputados eran precisamente ella, junto con Mlle. d'Harfeuille y quien dirigía el semanario: Émile Mainguy; y por último, otro juicio por el caso llamado Le banquet Lemardelay, una "amena y excitante velada" organizada por 20 hombres que habían llevado a la bacan... digo, a la cena, a nada menos que ¡278 mujeres!, en la cual, so pretexto de una apuesta, emborracharon con champagne y luego desvistieron a una tal Mlle. Manach, a la que hicieron recorrer el salón desnuda, montada sobre los hombros de uno de los "caballeros", para luego mandarla a su casa "vestida" sólo con su enagua, reteniéndole el resto de sus ropas en "pago de la apuesta que había perdido". La policía la detuvo durante tres días, tras los cuales la joven intentó sucidarse dos veces, por suerte, sin lograrlo; por lo cual fue condenada a dos meses de prisión (¡?). El escándalo que provocó ese fallo, llevó a que el tribunal volviera a examinar el caso, debido a que "el público se mostró sorprendido de que condenemos a la mujer, mientras que los verdaderos culpables, es decir, los organizadores del banquete, no fueron inquietados por la justicia". En fin...
El papel de la Goulue durante la audiencia no fue muy lucido que digamos. Según las crónicas periodísticas, denotó una actitud poco seria, distante, como si a pesar de ser una de los denunciantes y testigo de cargo, además; no hubiera tomado consciencia cabal de la cuestión. Y no me parece extraño que así haya sido: la Goulue bataclana, procaz y hasta guaranga, por lo menos era un tipo de persona; en cambio, la Goulue en el rol de "escandalizada" ante una supuesta obscenidad de otras mujeres, era directamente un grotesco personaje.
Las alternativas de la audiencia, acusaciones, testimonios, alegatos, interrogatorios y declaraciones de los imputados y testigos (que frecuentemente provocaron gran hilaridad en la gente que asistió al tribunal ese día); podemos verlos en detalle en el diario parisino Le Matin en su edición del 24 de junio de 1893, que transcribió íntegramente lo publicado en la Gazette des Tribunaux de esa fecha. 
Se puede acceder al archivo digitalizado en formato pdf, a través de este ENLACE.
El tribunal dio su veredicto el 30 de junio. En la causa Bal des Quat'z'arts, condenaba a los imputados Henri Guillaume, Marie-Florentine "Sarah Brown" Royer, Emma "Suzanne" Denne, Alice "Manon" Lavollé y Clarisse "Yvonne" Roger al pago de una multa de cien francos cada uno, sentencia esta que dejaba en suspenso. En el juicio Bal du Fin de Siècle, condenaba a los acusados: Émile Mainguy, a un mes de prisión; Antoinette "Mademoiselle d'Harfeuille" Rouvière, a 8 días; y Alice "Manon" Lavollé, a 15 días. En cuanto a la causa Le banquet Lemardelay, los periódicos no dieron información, probablemente debido a que el fallo acerca de la misma, no se pronunció el mismo día que los de las otras dos. Aquí podemos ver las sentencias, publicadas por Le Matin en su edición del 1 de julio de 1893.
El veredicto era condenatorio sólo en la apariencia, en la formalidad estricta; porque en la realidad, a todos los efectos prácticos, de la cotidianeidad, podía considerárselo un fallo absolutorio, ya que la sentencia quedaba en suspenso y las penas no eran de cumplimiento efectivo. Y tan así fue, que de ese modo lo tomaron los imputados, Guillaume y Roques los primeros, quienes al salir del tribunal, declararon a la prensa que al año siguiente volverían a organizar el Bal des Quat'z'arts, y que lo harían otra vez en el Moulin Rouge.
Y como dijo Víctor Abel Giménez: Y ahí... ahí se podría decir / que aquí se terminó el cuento. / Pero ocurre que la historia... se alargó. / Pa' no creerlo...
Entonces, si no es mucho abusar de su paciencia, querido lector; en la tercera parte veremos cómo siguió y terminó la cuestión.
 
Continuará