sábado, 29 de septiembre de 2012

LA HONESTIDAD INTELECTUAL EN LA HISTORIA




Escribe: Gabriela Borraccetti

La historia es la reconstrucción del pasado a partir de sus huellas, y si bien nadie puede ser plenamente imparcial y objetivo; una sola cosa puede darse por cierta: si lo que motiva al historiador  proviene del placer y de la vocación, el resultado obtenido luego de sus investigaciones será infinitamente más honesto, certero y fidedigno que si su impulso se genera en la ambición de poner de su lado al prócer que más simpatías pueda captarle y más votos pueda proporcionarle. 
 
Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

viernes, 28 de septiembre de 2012

CARTA DE BELGRANO A CANDIOTI DEL 19 DE JULIO DE 1814


























Mi am.o: no había podido escribir a V., hasta ahora, por mis continuos viages, y pr. q.e estando distante de la ciudad ignoraba la salida de los correos, y otras me inhibieron mi proposición de enbiar mis cartas.
Ahora, habrán calmado los temores de marasmos y también calmará la ingratitud de los de Entre Ríos con la unión de Artigas, según me aseguran: poco a poco ha de ir tranquilizándose todo, y la causa ha de prosperar.
Recibí la q.e V. me dirigió con lo que había tratado con aquel: todo lo vence el tiempo y la constancia unida á la energía, y ya ha visto V. q.e q.do menos pensabamos Dios pone fin a esas discordias rindiendo a los caribes que había en Mont.o.
Estoi viviendo en este punto, merced al Supremo Directorio á q.n debo los mayores favores, q.do los q.e se decían mis amigos me han perseguido con encarnizamiento: esto dá el Mundo; p.o hay un Dios q.e protege s.pre al hombre de bien, y descubre las maldades del pícaro tarde ó temprano.
A millones memorias á la S.a y mi querida, y á q.tos quisiesen recibirlas de su afmo.

Manuel Belgrano

Costa de S.n Isidro 19 de julio de 1814.


Si V. me escribe sea bajo cubierta de mi herm.o Francisco

S. D. Fran.co Ant.o Candioti Sta. Fé

jueves, 27 de septiembre de 2012

A VECES, Y POR SUERTE, LA TRAICIÓN NO PAGA


























Escribe: Juan Carlos Serqueiros
 
"Y ya que todos te han calao de que sos un güey corneta, / y aunque ahura te arrepientas de haber hecho la traición; / pensá, Pardo, que es cierto lo que dijo aquel poeta: / que es al ñudo que lo fajen al que nace barrigón." (Carlos de la Púa, El batidor)
 
Venancio Benavides había sido -y en 1812 no hacía mucho de eso, apenas un añito nomás-; un héroe. Había sido.
Se ignoran tanto el lugar como la fecha, mes y año de su nacimiento, el que probablemente acaeciera circa 1781 en Santo Domingo de Soriano; pero lo concreto es que allí, siendo cabo de las milicias realengas lo tenemos en los primeros meses de 1811, anoticiándose de que el 15 de febrero, Artigas había dejado la capitanía de blandengues y pasado a Buenos Aires para ofrecer sus servicios a la Junta. Inmediatamente, Benavides, junto a Francisco de Haedo y Pedro Viera (ver mi nota en este ENLACE), convocaron a los paisanos de la campaña de Mercedes y Soriano a reunirse en el campo de Asencio Grande, junto al arroyo de ese nombre el 28 de febrero, para transmitirles la novedad; en lo que se conoce como el Grito de Asencio, y que Artigas llamó la admirable alarma.
Los triunfos patriotas se sucedieron en los encuentros trabados contra los regentistas de Elío: a las ocupaciones de Mercedes y Soriano, les siguieron las victorias de El Colla, el 20 de abril; San José, el 25; y Colonia del Sacramento, sitiada el 26 de mayo y que caería una semana después; todas acciones estas en las que Benavides fue el artífice, el protagonista más destacado. Un aura de legendario coraje acompañaba por entonces a su imponente presencia física (el hombre era de elevadísima estatura y dotado de una fuerza hercúlea), y de consiguiente, un orgulloso de sí mismo Venancio Benavides, recién ascendido a capitán y enancado a su creciente prestigio, solicitó incorporarse (junto a sus hermanos Manuel y Juan) al Ejército del Perú, lo cual le fue concedido, dándoselo de alta en dicha fuerza con el grado de teniente coronel y asignándosele el mando de una compañía integrada por tropas que habían participado del sitio de Montevideo.
El 26 de marzo de 1812, en Yatasto, Pueyrredón entregó a Belgrano el mando del ejército, o mejor dicho; de lo que quedaba del mismo después de los dislates cometidos por Castelli y Monteagudo y de las sucesivas derrotas de Huaqui, Sipe-Sipe y Nazareno. La moral de las tropas estaba muy relajada y el ánimo, por el suelo; y para peor, la opinión de las gentes era sumamente adversa a los patriotas. Y allí salió a relucir el genio inconmensurable de Belgrano, que todo lo suplió y remedió merced a su infinita paciencia, a su laboriosidad infatigable, a su puntillosa honestidad, a su abnegación que no conocía límites y al ejercicio de una finísima diplomacia; todo ello eficaz y convenientemente acompañado de la imposición a rajatabla de una férrea disciplina.
Pero esta última, no sería aceptada por todos los oficiales, entre ellos, Venancio Benavides que, digustado, desertaría en Humahuaca, en junio, y que no pararía en eso; sino que además se pasaría al ejército realista, informando detalladamente a Goyeneche sobre la situación de extrema debilidad de las fuerzas patriotas e instándolo a invadir Jujuy. Y días antes de la acción de Las Piedras, lo siguió su hermano Manuel. Al respecto, dice José M. Paz en sus Memorias póstumas:
 
Ese mismo día se pasó a los enemigos D. Manuel Benavides, habiendo hecho lo mismo en Humahuaca su hermano D. Venancio que murió meses después en la acción de Salta, orientales ambos que habían venido de su país a servir en el ejército que abandonaron por resentimientos personales con el jefe de su cuerpo. (sic)
 
En el transcurso de la batalla de Salta, Benavides, viéndose perdido, se hizo matar, situándose en el medio de un tiroteo intenso. Y así lo narra Paz:
 
No quiero dejar pasar esta ocasión de decir el trágico fin que tuvo ese día el célebre caudillo Oriental D. Venancio Benavides, bien conocido por la toma del pueblo de Mercedes y otros hechos de valor en la que es hoy República Uruguayana. Era capitán con grado de teniente coronel y mandaba una compañía, también de orientales, siendo teniente y alférez sus hermanos D. Manuel y D. Juan Benavides. Este habia quedado enfermo en Tucumán, a su paso con la compañía que mandaba, de modo que sólo fueron conocidos los dos hermanos mayores. Por resentimientos personales con el jefe de su cuerpo, se pasó Venancio al enemigo y muy luego le siguió Manuel. Viéndose ese día el primero encerrado en la plaza, exitaba a los demás a una defensa desesperada, y como nadie o muy pocos siguiesen su ejemplo, se colocó de propósito en medio de una calle donde el fuego era muy vivo, hasta que una bala le atravesó la cabeza dejándole sin vida y tendida en tierra su gigantesca figura. Su hermano Manuel, no quiso seguir su ejemplo y nos esperó muy resignadamente. El General Belgrano, que pienso conocía a los Benavides y sabía sus primeras patrióticas hazañas, lo trató muy bien, lo dejó en plena libertad y le dió recursos para que se trasladase a su país. (sic)
 
Sin embargo, y si bien las circunstancias en que se produjo su muerte están claramente explicitadas; ¿ocurre lo mismo con el motivo que lo llevó a desertar y traicionar? Tengo para mí, que no, que hay algo que no termina de encajar... Veamos: José María Rosa afirma que Benavides se disgustó con Belgrano y en junio se pasó a los españoles; pero Paz (que fue testigo presencial de los hechos) dice que fue por resentimientos personales con el jefe de su cuerpo, y hay una sustancial diferencia; porque si la disconformidad de Benavides hubiera sido dirigida hacia Belgrano, Paz lo habría escrito así taxativamente y no hubiera puesto "con el jefe de su cuerpo". El General Belgrano no era "el jefe del cuerpo" que integraba Benavides; sino el general en jefe de todo el ejército y no sólo de una parte del mismo. El jefe directo de Benavides tiene que haber estado entre alguno de estos: el mayor general, coronel Eustoquio Díaz Vélez; el coronel Juan Ramón Balcarce, jefe de la caballería (unificación de Húsares y Dragones); o el teniente coronel José Superí, jefe de Pardos y Morenos. No puede haberlo sido el después teniente coronel Carlos Forest; ya que éste fue ascendido con posteridad a la batalla de Salta.
Por otra parte, estaba acertado Paz en la suposición que expresó en sus Memorias, de que Belgrano "conocía a los Benavides y sabía de sus primeras patrióticas hazañas". A tal punto los conocía, que indudablemente fue él quien indicó a Mariano Moreno el nombre de Benavides, cuando entre ambos redactaron el Plano de Operaciones que rigió el accionar de la Junta de Buenos Aires. Asimismo, Belgrano había comandado por un breve tiempo el ejército auxiliar que se envió a la Banda Oriental en 1811, y obviamente, le constaba la bravura evidenciada por Benavides en el Grito de Asencio y los combates que le siguieron. Más aún: es altamente probable que Belgrano, que iba mucho a la Banda Oriental, conociera a Benavides incluso desde antes de la Revolución. 
Así que no fue con Belgrano el disgusto de Benavides. Personalmente, estoy inclinado a suponer que su conflicto debe de haberse producido con Díaz Vélez. Y de paso, el convencimiento de que sus agravios no estaban originados en acciones del General Belgrano, permite discernir por qué éste le dió a Manuel Benavides, como cuenta Paz, "recursos para que se trasladase a su país".
Y alguna otra causa, que desconocemos y desconoceremos para siempre, seguramente, tiene que haber habido para que Benavides llevara las cosas al extremo de pasarse al enemigo luego de desertar, después de haber dado tanto de sí por la causa patriota. Sea como fuere, el hecho indubitable es que hizo lo que hizo. Y así le fue.
En fin, así terminó sus días Venancio Benavides; buscando adrede la muerte, haciéndose matar y muriendo tan valientemente como había vivido: en combate encarnizado. Pero eso sí: para baldón sobre su memoria; en el bando equivocado y protagonizando una traición.
Lástima...

sábado, 22 de septiembre de 2012

PEER GYNT







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

“Comunicarás a Peer Gynt que habiendo faltado a su destino debe, como producto averiado, ser fundido de nuevo.”

Peer Gynt es un drama desarrollado en verso, escrito por el noruego Henrik Ibsen en la segunda mitad del siglo XIX. Su autor, en principio, no lo concibió destinado a obra teatral, y sin embargo; en ese carácter se estrenó (luego de ser editado en libro con extraordinario y resonante suceso), con la música -grandiosa- que le compuso Edvar Grieg a pedido del propio Ibsen.
Convertido en un ícono del nacionalismo y el folclore noruegos -paradojalmente, ya que Ibsen lo escribió en Roma, donde se había afincado (definitivamente, creía él por entonces) luego de expresar su voluntad de no retornar nunca más a Noruega-; su temática -que incorpora elementos de la mitología escandinava- gira en torno a la existencia aventurera del protagonista, Peer Gynt, que es un joven campesino nórdico irresponsable, alocado, sin ideales y sobre todo; carente de voluntad, de un propósito definido en la vida, que le discurre mientras él vaga, buscando sin cesar en ese frecuentemente delirante peregrinar, su yo. Peer Gynt es en cierta forma, el álter ego, el lado oscuro de Brand, el personaje de la obra epónima de Ibsen que precedió a esta. Si la tesis es el heroico Brand, sus virtudes y su devoción a un ideal en aras del cual sacrifica hasta su propia familia; la antítesis es Peer Gynt, sus miserias, sus pillerías, sus escapadas al reino de la fantasía y su torpe egoísmo; y la síntesis de ambos, es Noruega. ¿O no es, por acaso, Noruega, la que en la forma de la hermosa Solveig aguarda el retorno del oportunista Peer Gynt para redimirlo con su amor? 
Y que no precisó (Noruega, digo), como nuestra Argentina, de dos escritores de tan enorme talla como Hernández y Sarmiento para dejar expuesta su dicotomía: a los nórdicos les bastó con Ibsen; porque nadie entendió e interpretó como él el alma de su pueblo. Afirmó perspicazmente José María Rosa que el Facundo "es un libro profundamente americanista" aún a despecho de su autor. Y tiene razón don Pepe: Sarmiento siente a Facundo, pero lo rechaza, lo execra, odia todo lo que él representa, en tanto eso se le antoja lo que se empeña en reputar como barbarie; siendo como fue, el mismo Sarmiento un bárbaro. Ibsen, en cambio, ama a Peer Gynt a pesar de sus excesos, de su patetismo y de sus falencias; o quizá, precisamente a causa de todo ello. Por eso, entre otras cosas, los noruegos son una nacionalidad, proyectada al universalismo; mientras que nosotros los iberoamericanos estamos todavía inmersos en la trabajosa búsqueda de despejar de la ecuación la incógnita de la nacionalidad.
Peer Gynt es por mérito propio un clásico universal, tal como lo es el Fausto de Goethe, pero sin embargo, no había alcanzado en la cultura rioplatense la popularidad de este último. Si en el resto del mundo inspiró películas como la protagonizada por Charlton Heston, expresiones altísimas del rock metálico épico, sesudos análisis psicológicos, etc.; por estas regiones su conocimiento quedó circunscripto a un segmento estrecho de la sociedad, tal vez porque a Ibsen y Grieg no les había aparecido por estos lares un Estanislao del Campo como les surgió a Goethe y Gounod.
Pero como todo llega, el profeta de Peer Gynt aparecería en la margen oriental del río Uruguay, en el paisito, allá en Treinta y Tres, donde vivió y desarrolló su prolífica obra con la humildad que sólo tienen los grandes de verdad, un maestro de escuela y a la vez, poeta y compositor: Ruben Lena. Él fue el creador de una canción directamente sublime, que tituló Por Peer Gynt, en la cual, con extraordinario poder de síntesis, acertó a reflejar con cabal comprensión (y comprender es amar) lo que quiso transmitir Ibsen en su drama.


Por Peer Gynt
(Ruben Lena)

Camino del regreso de todos los caminos,
Peer Gynt , cabeza blanca,
que fuera de oro fino,
vacío de los sueños
vuelve sobre sí mismo.
Camino de su aldea,
las hojas del otoño
desde el suelo hablan,
murientes, con encono.
Tu debiste decir
tus palabras que somos,
y el título vagar,
tu tímido abandono
nos condena a morir
disueltas en el polvo.
Camino de su aldea
dice la voz del viento:
Soy la canción debida
que no entonaste nunca,
por más que yo despierta
en el fondo de tu alma,
esperaba tu seña,
dice la voz del viento.
Camino de su aldea
el rocío le dice:
Soy las lágrimas tuyas
que llorar tu debiste…
¡Necio eres si por eso
felicidad tuviste:
No existe en esa forma
no es por eso que existe!
Camino de su aldea
pisa la hierba fresca:
Yo soy los pensamientos
que debieron morar en tu cabeza;
las obras que debieron
tomar fuerza en tu brazo
la esperanza con bríos
en tu corazón sano.
Y cuando llegar piensa
al fin de su jornada,
el fundidor supremo,
le detiene a pedirle los frutos de su alma,
y aquellos que no rinden
se funden en la hornaza,
inmensa de la nada.


Lo que en vano pretendieron hacer concienzudos, petulantes críticos de arte; y enjundiosos, presumidos psicoanalistas; lo logró Ruben Lena sencillamente y sin estridencias, a través de una "simple" canción. Y José Luis Pepe Guerra y Braulio López, Los Olimareños, pusieron, allá por 1987, digna corona a la lírica de Ruben Lena, incluyendo la canción en uno de sus mejores discos (si no el mejor): Veinticinco años.


Por Rubito Lena y Los Olimareños, miles y miles de rioplatenses conocieron, entendieron y disfrutaron a Peer Gynt. Y eso no es poco, ¿no? 
Creo, bah...

-Juan Carlos Serqueiros-

sábado, 15 de septiembre de 2012

YRIGOYEN CONTRA IRIGOYEN


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

En 1892 terminaba el período de gobierno que se había iniciado con Juárez Celman en la presidencia y que culminaría con Pellegrini a cargo de la misma, a raíz de la renuncia del primero como consecuencia de la revolución de 1890 o del Parque, en lo que fue el nacimiento de la Unión Cívica.
La convención nacional de este nuevo partido, proclamó en Rosario, a principios de 1891, su fórmula para las elecciones presidenciales de 1892 integrada por Bartolomé Mitre y Bernardo de Irigoyen.
Diríase que se barruntaba la salida definitiva de la escena política del zorro Roca. Pero la astucia de éste (a quien Pellegrini había designado ministro del interior) era tan grande, como grande era también la fatuidad de Mitre. Hábilmente, el primero convenció al segundo de que apoyaría su candidatura presidencial -lo cual hablando en criollo, significaba que Mitre obtendría unanimidad en los colegios electorales-; a la par que le sugirió el cambio de Irigoyen por el de José Evaristo Uriburu para completar la fórmula.
Fue una maniobra genial de Roca, que sabía perfectamente que Mitre era el más conservador y que el real "peligro" lo constituía Irigoyen. Era esa la segunda vez que Roca impedía una candidatura de don Bernardo: siendo él presidente e Irigoyen su ministro hasta poco antes, lo "vetó" con una frase elíptica dirigida a un gobernador (y por ende, a todos los demás). Ya se le ocurriría luego alguna otra zorrería para sacudirse a Mitre de encima; por ahora, le alcanzaba con introducir una cuña en la Unión Cívica de modo de aventar la "amenaza" y luego, bueno, ya vería...
Increíblemente -"increíblemente" para quienes habían "pensado" de buena fe (y con mucho de estupidez) que Mitre quería cambiar algo-, éste aceptó la propuesta de Roca. La Unión Cívica se fracturó en cívicos nacionales (que respondían a Mitre y que proclamaron la fórmula Mitre-Uriburu); y cívicos radicales (que seguían a Irigoyen y Alem y querían un cambio de raíz en el sistema, de allí lo de radicales), cuya convención consagró a Irigoyen-Garro).
Por supuesto, en el enjuague entre Roca y Mitre no estaba ausente quien presidía la Nación en reemplazo del renunciante Juárez Celman: el Gringo Pellegrini. De hecho -con diferencia de matices y procedimientos-, los tres eran, sin duda, los pilares del régimen. Mitre, extranjerizante y opuesto a todo cambio; Roca, el más hábil y ducho en manejos tendientes a impedir cualquier mutación que de un modo u otro amenazase su primacía en el orden sistémico imperante; y Pellegrini que, poseedor de una nada despreciable fortaleza de carácter, exhibía llamativas contradicciones, porque si bien era partidario de introducir algunas modificaciones; pretendía que las mismas fuesen muy graduales. En síntesis, los tres: Mitre, Roca y Pellegrini; constituían para los radicales los íconos más representativos de todo aquello a lo que se oponían.
Así las cosas, las numerosas adhesiones que éstos incesantemente cosechaban; contrastaban con el repudio generalizado que recibían los cívicos mitristas. Ante esa situación, Mitre declinó su candidatura. Por su parte, Roca renunció al ministerio del interior y anunció que se retiraba de la política. A todo el mundo le pareció que ya nada podía detener la carrera hacia la presidencia de don Bernardo de Irigoyen. A todo el mundo... menos a Pellegrini; que sacó otro conejo de la galera: la candidatura de Roque Sáenz Peña, que hizo proclamar (o por lo menos, le dio su beneplácito para hacerlo) al gobernador de Buenos Aires, Julio Costa.
Pero ocurrió que a Pellegrini -paradojalmente, ya que era muy aficionado al turf-, "se le sentó el caballo en la largada": desde sus propias filas del PAN, se opusieron tenazmente a la política del presidente, a la cual reputaban de timorata. El Gringo se creyó obligado por la fuerza de las circunstancias a retomar las viejas mañas y componendas a espaldas del pueblo, en la forma de las "reuniones de notables". Así se engendró la postulación presidencial de Luis Sáenz Peña, padre de Roque. Y en la coyuntura, guiado por lo que consideró un deber filial; éste último obviamente declinó la suya.
Ante la reiteración de prácticas que se creía habrían de ser desterradas por los buenos propósitos expresados antes de todo esto por Pellegrini, el país entero entró en franca ebullición. Recrudecieron las policías bravas y el ejército empleados en contra de los radicales, y éstos reaccionaron preparando otra revolución para el 3 de abril de 1892. Pero Pellegrini, el día anterior, decretó el estado de sitio y dispuso el allanamiento de los domicilios y la detención de Irigoyen, Alem y todos los más notorios dirigentes radicales. Y además, resuelto a sacar el máximo provecho de la cosa, el Gringo produjo lo que hoy llamaríamos un show mediático: exhibió ante los periodistas, en el despacho de la presidencia, las bombas caseras que supuestamente iban a usar los radicales para asesinarlo a él, a Roca y a Mitre. 
¿Qué había pasado, cómo se enteró Pellegrini de la revolución que inminentemente iba a estallar? Simple: se enteró por la delación de uno de los máximos referentes del radicalismo: Hipólito Yrigoyen. A esta altura, ya resulta indisputable que fue él; porque: 1) Yrigoyen fue a verlo a Pellegrini (que estaba de week-end en Cañuelas) en la mañana de 2 de abril, so pretexto de pedirle favores para una "amiga" suya directora de escuela (Hipólito, por entonces docente; era todo un padrillo, gran amador el hombre). Inmediatamente luego de reunirse con él, Pellegrini regresó de improviso a la capital, y sin hesitar tomó las medidas que tomó; 2) el único de los dirigentes radicales de la primera línea de conducción del partido en no ser apresado por orden de Pellegrini, fue precisamente Hipólito; y 3) la imputación que a Yrigoyen le hizo Lisandro de la Torre en su carta abierta de 1919, publicada en los diarios, y que el denunciado en ella como culpable de la traición nunca negó ni desmintió. O sea; tiene pico de pato, camina como pato, tiene plumas y hace cua cua, ergo; es un pato, ¿o no?
¿Y por qué delató Yrigoyen a sus correligionarios (entre los cuales se encontraba su propio tío, Alem)? Muy sencillo: por una suerte de mesianismo, por un personalismo llevado al extremo. Yrigoyen se consideraba a sí mismo llamado a una misión trascendental: la de regenerar las prácticas electorales. No era que no tenía ambición; sí la tenía y en grado sumo, además; pero era la suya una ambición que iba más allá del ejercicio del gobierno; él se creía el único capaz de conducir una revolución que llevase a los fines que reputaba como supremos. Lo de ir a contarle a Pellegrini lo de la conjura radical no fue inconsciente; fue adrede, pero eso no necesariamente significa que Hipólito actuara así inducido por un afán de traición a sus compañeros de causa, no; lo hizo porque sabía perfectamente que don Bernardo haría una excelente presidencia. Y eso, no, no podía permitirlo; porque así se eliminarían las causas de la alta misión a la que se creía él y solamente él, convocado.
No soy afecto a las ucronías, a la historia contrafactual; es esa una cancha en la que invariablemente me tocó jugar de visitante y que siempre me resultó por demás hostil. Pero sí estoy persuadido de que aquel 2 de abril, Hipólito Yrigoyen atrasó la historia catorce años (así como a su turno, otro radical, Arturo Illia, al impedir el retorno del general Perón en 1964, la atrasaría otros 9 años).
Habría que esperar a que José Figueroa Alcorta y Roque Sáenz Peña removiesen los factores que obstaban a que se pudiera ejercer en nuestro país el sufragio libre. Y si uno fuera malo y quisiera formularse el interrogante del cui bono, la respuesta sería, precisamente; Hipólito.
Lo real y concreto, es que ya no podría Irigoyen ser presidente; y eso porque el que se lo impidió, fue... Yrigoyen.