Escribe: Juan Carlos Serqueiros
Comenzaré estipulando clara e inequívocamente que odio a los supermercados. Y diré aún más: lo mío pasa por lo que llamaríamos una cuestión de herencia familiar, ya que mi viejo toda su vida los consideró una de las grandes calamidades de la posmodernidad. Y de hecho, mi vieja murió a los 93 años sin haber puesto jamás un pie en ninguno de esos antros. Los Serqueiros siempre fuimos orgullosamente fieles al querido almacén del barrio.
No obstante; por odiosas "razones" de obligada economía familiar, hace unos días tuve que ir con Gabriela, mi esposa, a un supermercado. Cuando ya estábamos en la cola de cajas (yo, desde luego, con mi mejor cara de orto), prontos a pagar las compras que habíamos hecho; ta tan ta tan... ¿qué vi?: Porteñitas, aquellas deliciosas galletitas de Bagley cuyo recuerdo me remontó instantáneamente a mi niñez. Así que obedeciendo a un irresponsable y maldito impulso, sin hesitar manoteé un paquete y lo agregué a lo que íbamos a llevar.
Llegamos a casa y obviamente, lo primero que hice fue prepararme un mate cocido y disponerme a saborear mis Porteñitas, de modo de sacarme rápido la bronca de haber tenido que ir al puto supermercado. ¡Juanca pelotudo, mil veces pelotudo! Sólo a un iluso, a un tarado como yo, se le puede haber ocurrido que las Porteñitas seguían siendo como las que solía disfrutar hace sesenta o más años, cuando era un pibito. Estas de ahora son un asco, finitas como hostias, con gusto a cartón mezclado con soja y cubierto con un edulcorante artificial que andá a saber cuál mierda de veneno será...
Claro que la culpa de la estafa (las Porteñitas de hoy son literalmente eso: una estafa) no la tiene "la Bagley" (que dicho sea de paso, ya no es aquella vieja y querida Bagley sinónimo y garantía de calidad y satisfacción; sino una empresa más dentro de un inmenso conglomerado industrial oligopólico que se quedó con el prestigio de sus viejas marcas, tal como sucedió con las famosas firmas alimenticias que teníamos los argentinos además de Bagley, como por ejemplo, Canale, Terrabusi, LIA, etc.; todas ellas fueron absorbidas por grupos concentrados); sino que quien incurrió en tan imperdonable pecado no es otro que el inveterado imbécil que soy, por haberlas adquirido en un arranque de sentimentalismo barato. No hay caso conmigo, no aprendo más...
Alguien podría preguntarme: "Che, pero ¿qué tiene que ver el supermercado con que las Porteñitas hoy sean horribles?". Le respondería que TODO tiene que ver, porque ¿te lo imaginás a don Tito, el almacenero del barrio vendiendo semejante basura? Ni en pedo, los vecinos le armarían flor de quilombo y se quedaría sin clientes; esas mierdas las comercializan las grandes cadenas de supermercados. Y el público, la gente ( que cada día que pasa es un cachito más idiota e hija de puta), las compra. Y no te extrañe nada enterarte de que las cadenas de supermercados forman parte de las gigantescas corporaciones transnacionales que elaboran esas porquerías.
No digo "todo tiempo pasado fue mejor", pero convendrás conmigo en que la vida y los años nos van quitando cosas: el pelo, la agilidad, la pinta, la velocidad, el vigor y claro... las Porteñitas, que hoy se han berretizado hasta ser incomibles.
Conchaesumadre.
-Juan Carlos Serqueiros-


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