martes, 17 de febrero de 2015

EL CULO QUE VALÍA UN REINO O LAS VENTAJAS APARENTES DE LA INJUSTICIA







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Yo siento que mi fe se tambalea, / que la gente mala, vive / ¡Dios! mejor que yo... (Enrique Santos Discépolo, Tormenta)

La imagen que oficia de portada a este artículo, estimado lector, corresponde a un óleo sobre tela titulado Candaules, rey de Lidia, mostrando su esposa a Giges.
En la pintura, desbordante de erotismo, vemos en un claroscuro típico del Barroco, a una mujer de espaldas, pletórica en la voluptuosidad de sus carnes desnudas, con la cabeza girada, una sensual y sugerente expresión en el rostro y la boca esbozando una enigmática sonrisa, como si se supiese observada; mientras detrás del cortinado, un hombre la espía arrobado y otro, situado tras éste, dirige su mirada al frente; y a la izquierda aparece un perrito que ha detectado la presencia del mirón. 
Pintado entre 1646 y 1648, se trata de uno de los cuadros más famosos de Jacob Jordaens, nacido en Amberes el 19 de mayo de 1593 y muerto en dicha ciudad el 18 de octubre de 1678; un notable pintor flamenco que fuera discípulo dilecto y principalísimo de Rubens. Esta obra magistral, que ha inspirado a varios escritores y ha dado origen a la expresión candaulismo o voyeurismo, se inscribe perceptible e inequívocamente en el arte barroco y se ubica en el género de la pintura histórica y mitológica. 
Pero veamos, ¿quiénes eran los personajes representados en el cuadro y en qué contexto se hallaban?
El reino de Lidia se situaba en la península de Anatolia, en la actual Turquía, y floreció entre 1185 a.C. y 546 a.C., año en que sucumbió ante los persas de Ciro II el Grande. En cuanto a Candaules, su esposa y Giges; Heródoto de Halicarnaso (c. 484 - 425 a.C.) y Platón (c. 427 - 347 a.C.), nos han ilustrado convenientemente acerca de ellos.
En el Logo 1: historia de Creso de su Historiae (acápites VII al XIV del Libro I: Clío de Los nueve libros de la Historia, en las edición, denominación y división alejandrinas de su obra), Heródoto nos cuenta que Candaules fue "el último soberano de la familia de los Heráclidas" (descendientes de Heracles -o sea, Hércules- y una esclava de Yárdano, progenitor de Ónfale) "que reinó en Sardes" (capital de Lidia). El Padre de la Historia nos lo describe como un monarca imprudente y "apasionado", juguete del destino "como que estaba decretada por el cielo su fatal ruina", que "perdió la corona y la vida por un capricho singular" al adoptar "una resolución a la verdad bien impertinente": orgulloso como estaba de poseer "la mujer más hermosa del mundo", decidió mostrarla desnuda a Giges, su "privado" (favorito), y pese a que éste le rogó que no hiciese tal cosa; Candaules insistió. A la noche lo llevó a su alcoba y lo obligó a contemplar a su mujer mientras se desvestía, sin percatarse ni uno ni otro que ésta había advertido que la espiaban. Avergonzada y ofendida, pues "entre casi todos los bárbaros" (es decir, quienes no eran griegos) "se tiene por grande infamia el que un hombre se deje ver desnudo, cuanto más una mujer", la reina decidió castigar la afrenta que le había inferido Candaules. Al día siguiente mandó llamar a Giges y le dio a elegir entre ser ejecutado por lo que se había prestado a hacer, o asesinar a Candaules, tomarla por esposa y reinar junto a ella. Puesto en semejante disyuntiva, Giges optó por el magnicidio y mató al rey, convirtiéndose en el nuevo soberano de Lidia, luego de ser confirmado (mediante cuantiosas ofrendas de oro y plata, agrega el perspicaz Heródoto) por el "oráculo de Delfos", después de un amago de guerra civil entre sus propios partidarios y los de Candaules, que estaban deseosos de vengar la muerte de este último. También cita Heródoto su fuente: el soldado y poeta Arquíloco de Paros en sus versos de métrica yámbica. Y termina el historiador relatando que "apoderado del mando este monarca" (Giges), "hizo una expedición contra Mileto, otra contra Esmirna, y otra contra Colofon, cuya última plaza tomó a viva fuerza; pero ya que en el largo espacio de treinta y ocho años que duró su reinado ninguna otra hazaña hizo de valor, contentos nosotros con lo que llevamos referido, lo dejaremos aquí".



Platón, por su parte, nos trae una versión distinta. En el libro II, acápites 359 y 360 de La República, narra un diálogo entre su hermano, Glaucón; y Sócrates, en el cual el primero intenta rebatir el postulado del segundo en el sentido de que todo hombre es intrínsecamente justo, trayendo a colación la historia de Giges. Según el relato platónico, éste era un pastor lidio que cierto día, tras un sismo que abrió una enorme grieta en la tierra, halló en el fondo de la misma un caballo de bronce con el cadáver de un gigante ("de talla al parecer más que humana") en su interior, "que no llevaba sobre sí más que una sortija de oro en la mano". Giges tomó el anillo y, descubriendo que el objeto tenía la propiedad de tornar invisible a quien lo llevase, lo utilizó para seducir a la reina y luego, con la ayuda de ésta, asesinar al monarca legítimo para erigirse en soberano él mismo.



Como podemos apreciar, los dos relatos, aún siendo disímiles entre sí, tanto en lo narrativo como en cuanto a lo metodológico y al propósito al cual cada uno se orienta y persigue (objetivo y puramente histórico en Heródoto y metafórico e idealista en Platón); guardan una coincidencia básica y más que bien notable: en ambos, Giges es un asesino que usurpa el poder, ya sea instigado por o con la complicidad de, la reina.
¿Cuál de los dos se acerca más a eso tan elusivo e inasible que se ha dado en llamar verdad histórica me pregunta usted, querido lector? El servidor que esto escribe opina que ambos, a su modo, escribieron su verdad, tan relativa como cualquier otra. Aunque si se me obliga a optar, me inclino por Platón, paradojalmente, pues éste no era historiador. Es que ¿sabe?, infiero como más probable que Giges haya sido sustancialmente tal como lo pinta el aristocrático ateniense, un tosco (aunque hábil, ambicioso, osado y eficaz, qué duda cabe) pastor; antes que el cortesano favorito del monarca de un pueblo bárbaro de la Época Arcaica que nos refiere el inquieto y viajado Heródoto. Además, es precisamente éste quien cita el hecho de que los lidios reglamentaron la prostitución de sus mujeres: "todas las hijas de los lidios venden su honor ganándose su dote con la prostitución voluntaria, hasta tanto se casan con un determinado marido, que cada cual por sí misma se busca", escribe; lo cual por cierto dista mucho de ser congruente con el presunto pudor agraviado de una reina que se ve espiada en su desnudez.
Y al fin de cuentas, el bueno de Heródoto fue quien escribió en su magnum opus: "Me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla; esta afirmación es aplicable a la totalidad de mi obra".
Tengo para mí esta hipótesis que me parece la más plausible: Giges y la reina, en connivencia y convertidos en amantes, con la ayuda de aliados extranjeros (la cual refiere Plutarco en el libro IV.21 Cuestiones griegas de su Moralia) y pagadas a precio de oro las prescindencia y conformidad griegas en el asunto (adicionalmente, hubo después en Lidia un acelerado proceso de helenización impulsado por Giges); planearon y ejecutaron el asesinato de Candaules para beneficiarse luego con los goces materiales de un larguísimo reinado.
Y sea como haya sido, siempre será un regalo extático para el espíritu contemplar la belleza sublime del cuadro de Jordaens; así como también será un regalo para el intelecto el pensar y repensar (ejercicio este cada vez más desacostumbrado, por lo visto) la historia de la humanidad  a partir de lo que nos han transmitido Heródoto, Platón y Plutarco, entre otros. Lo cual de ninguna manera es poco, creo. 
¡Hasta la próxima!

-Juan Carlos Serqueiros-

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