domingo, 28 de septiembre de 2014

ENEMIGOS ÍNTIMOS I




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Roca es un napoleón de azúcar rubia. (Roque Sáenz Peña)

No digo que Sáenz Peña sea un mal candidato; pero no es mi amigo personal ni pertenece al partido. (Julio A. Roca)

El general Julio A. Roca y el doctor Roque Sáenz Peña no eran en lo político meros adversarios; eran mucho más que eso: eran enemigos. Enconados enemigos.
En el Zorro se resumía, para Sáenz Peña (quien había sido, paradojalmente, subsecretario de Relaciones Exteriores en la primera presidencia de aquél), todo lo que de nocivo, corrupto, vergonzante y repudiable podía encontrarse y aún imaginarse en la política vernácula. Veía en Roca al réprobo, al caudillo, al (según sus propias palabras) "dictador oscuro que ha oprimido como el otro (se refiere a Juan Manuel de Rosas), por más años; aunque con menos sangre, pero con más concupiscencia".
En tanto que para Roca, más pragmático, reservado y cínico; Sáenz Peña era el ícono de todo aquello que reputaba en política de pueril, ingenuo, inconducente, ineficaz y más aún; pernicioso: el idealismo "excesivo", el romanticismo. Veía en él a un "porteño carente de instinto político".
No constituye el objeto de este artículo intentar establecer cuál de los dos estaba más acertado en cuanto se refiere a sus apreciaciones sobre el otro, o si lo estaban ambos o ninguno, ni tampoco hasta qué punto eran justas o injustas las imputaciones que recíprocamente se hacían; pero sí, en obsequio a la verdad histórica, diré que Sáenz Peña no medía a todos con la misma vara, pues toleraba en otros, especialmente en su íntimo amigo y socio, Carlos Pellegrini, aquellas mismas cosas que condenaba en Roca. Y éste, por su parte, tampoco se privó de incurrir en una inconsecuencia idéntica a la que le achacaba a Sáenz Peña, cuando no sostuvo el proyecto de unificación de la deuda externa. Digo simplemente que ni Roca era el caudillo venal que suponía Sáenz Peña; ni éste era el romántico carente de astucia y voluntad que se figuraba el Zorro.
Fueron las de ambos presidencias trascendentales a punto tal, que esta Argentina nuestra está marcada con la impronta que dejaron a sus pasos por la primera magistratura de la Nación. Y ambos a su turno, prestaron al país señaladísimos servicios: Roca fue el creador del Estado moderno y merced a sus iniciativas se lograron: la ocupación real y efectiva de todo el territorio nacional, la ley de Educación Común y la de Registro Civil; y a Sáenz Peña debemos: la ley de Sufragio Universal que transformó el sistema político y electoral, la de Fomento de los Territorios Nacionales y la reserva exclusiva para la administración estatal de la explotación petrolera.
Pero todo esto hasta un niño lo sabe; lo que me interesa poner de manifiesto en este breve artículo es que cada vez que así lo demandó el provecho del país, estos dos ilustres argentinos tuvieron la grandeza de hacer a un lado sus profundas, abismales diferencias y de subordinar cualquier oportunismo político a los intereses supremos de la Nación.
A mediados de 1912, Sáenz Peña, por entonces presidente de la República, designó a Roca ministro  plenipotenciario ante el Brasil, en el marco del convenio al que se había arribado con dicho país para limitar ambas naciones la adquisición de nuevos acorazados, luego de superar una etapa especialmente difícil y de gran tensión en las relaciones bilaterales. No trepidaron, el uno en llamar a su mayor enemigo político para encomendarle una alta misión; y el otro, en aceptar y cumplirla porque así lo requería el deber para con la patria. 
Y cuando en 1913 Sáenz Peña, ya muy aquejado de la enfermedad que lo llevaría finalmente a la tumba, pidió al Congreso licencia por tiempo indeterminado; Roca, en un gesto que enaltecerá por siempre su memoria, pidió a los senadores y diputados que respondían a su orientación política que la concedieran, destacándose incluso el discurso en tal sentido de su propio hijo, a la sazón, diputado por Córdoba.
El 9 de agosto de 1914 falleció el presidente Roque Sáenz Peña y en sus funerales, que se realizaron el 11, uno de los que llevaban los cordones de la cureña que transportaba el féretro, era el general Roca. No terminaría ese fatídico año sin que muriera también éste, apenas dos meses después, el 19 de octubre. La República Argentina perdía, en aquellos aciagos momentos, dos estadistas de enorme dimensión.
En esta hora de la vida nacional tan escuálida de valores y ejemplos en la política, tan carente de heroísmos como abundante en cobardías, tan plena de miserabilidades y egoísmos como vacía de virtuosismos y generosidades;  figuras históricas insignes como las del general Julio A. Roca y del doctor Roque Sáenz Peña debieran servirnos para tratar de mover a los hombres y mujeres públicos del hoy a que al menos intentaran reflejarse en los espejos del ayer. Amén.
-Juan Carlos Serqueiros-   

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