domingo, 24 de noviembre de 2013

LOS TRAIDORES QUE ECHÓ EL GENERAL. SEGUNDA PARTE



Escribe: Juan Carlos Serqueiros
 
"El Gobierno del Pueblo, respetuoso de la Constitución y la ley, hasta hoy ha venido observando una conducta retenida frente a esos desbordes guerrilleros que nada puede justificar en la situación que vive la República." (Juan Domingo Perón, Mensaje Presidencial del 20.01.1974)
 
Aquella mañana del lunes 21 de enero de 1974, el diputado nacional por la provincia del Chaco y jefe del bloque justicialista, escribano Ferdinando Pedrini, llegó a Olivos a las seis y cuarenta, esto es, veinte minutos antes de la hora fijada para la reunión que mantendría con el presidente Perón.
A poco de hacerse anunciar, fue llevado por el edecán de Perón por el Ejército, teniente coronel Alfredo Díaz, a presencia del General, quien ya se hallaba departiendo hacía un rato con el doctor Vicente Solano Lima.
No había esa mañana gran movimiento en la Quinta Presidencial (Perón se había mudado allí desde la casa de la calle Gaspar Campos 1065, en Vicente López, recién pocos días antes, pues no tenía confianza alguna en cuanto a la seguridad que ofrecía la residencia, y lo había hecho solamente después de que Juan Esquer, el jefe de su custodia, le garantizara que podía hacerlo; y que sus médicos, los doctores Pedro Cossio y Jorge Taiana, hubiesen acabado de organizar y dar el visto bueno definitivo a la guardia cuyos integrantes habían sido cuidadosamente seleccionados, y la aparatología que debía estar siempre a disposición por si las circunstancias demandaban su uso. Sólo estaban, entonces; la custodia, los médicos de guardia y el personal de servicio. La señora Isabel, minutos antes, se había dirigido a la Casa Rosada.
"¿Cómo le va, Pedrini? Pase hombre, pase. Siéntese. ¿Tomará un cafecito o prefiere un mate cocido?", se adelantó Perón (que le profesaba mucha estima y confiaba en su buen juicio) a recibirlo, estrechándole la mano y tendiéndole un pocillo sin esperar respuesta. El Flaco, con su sempiterno Benson & Hedges entre los labios (los compraba no por atados sino por cartones), balbuceaba un agradecimiento mientras con la mirada buscaba un cenicero para apagar el cigarrillo. "Pero no, m'hijo; fume nomás, fume tranquilo", dijo Perón, que había agarrado al vuelo la intención de Pedrini, y trascartón: "Estoy limitado a tres cigarrillos diarios y recién acabo de fumar el de después del desayuno. De hecho, ya debe de haber llegado o estará por llegar el doctor Cossio, que en un rato tiene que hacerme un chequeo de rutina" (se refería al doctor Pedro Ramón Cossio; hijo del doctor Cossio -que fue médico de cabecera de Perón, como consigné antes- y cardiólogo como su padre).
Pedrini, luego de saludarse con Lima, se acomodó en uno de los butacones y pretendió entrar inmediatamente en materia, pues creyó (equivocadamente) que el presidente, con lo que acababa de decirle de la visita médica de Cossio, lo instaba a ser breve. Más temprano que tarde, su fina percepción le indicaría que no era así; que Perón quería, necesitaba, disertar in extenso. Fernando me contaría después que esa mañana, bajo la apariencia de dirigirse a él y a Lima; el General estaba en realidad hablando para sí mismo, como si quisiera ordenar las ideas, como cuando Conan Doyle nos presenta a Holmes en esos diálogos con Watson, vieron, que bajo la forma de parlamentos son más bien cavilaciones consigo mismo, prólogos de alguna solución genial; bueno, algo así, ustedes entienden...
"General, con respecto a lo que me preguntaba ayer, quiero comentarle que hay diputados de la juventud que...". "No, no, Pedrini, deje..." -lo atajó Perón-. "Sé perfectamente a qué atenerme y estoy interiorizado acerca de quiénes son, ¡si uno de ellos fue incluso mi apoderado cuando yo estaba en Madrid! Usted es el jefe del bloque, pero yo lo soy del Movimiento, de modo que los conozco. Y reitero: sé lo que está pasando. No lo he molestado a usted sólo para que me cuente los pormenores; porque ellos mismos han tenido el poco sentido común de hacerme saber sus objeciones y hasta el descaro de solicitarme una reunión para explicarme los motivos que los guían. ¡Como si no los supiera yo de sobra! Le he pedido al doctor Lima que los cite aquí para mañana a las diez, y lo he hecho venir a usted hoy para decirle qué haremos. (Nota mía: los diputados disidentes, en efecto, le habían solicitado el jueves anterior una audiencia a Perón, pedido que canalizaron a través de la secretaría general de la Presidencia, luego de que la jefatura del bloque se negara a tramitarles la misma. El diario montonero Noticias, en su edición del 19, así lo consignaba). Es absolutamente necesario que el país todo sepa que no vamos a tolerar la violencia; es una ineludible obligación del gobierno garantizar la seguridad para todos los ciudadanos y para ello necesitamos la ley. He dispuesto que la reunión con esos señores sea transmitida en directo por televisión; porque el pueblo todo debe tener certeza acerca de quién es quién. Ese puñado de díscolos está obnubilado por los cantos de sirena de tres o cuatro locos y así se convierten en sirvientes de intereses que no son los del país y en idiotas útiles funcionales a objetivos que nada tienen que ver con los de nuestro Movimiento. Después del reto que voy a darles, tendrán que cantar la palinodia y volver mansos y contritos al redil; o sacarse la máscara e irse. Ya verá usted cómo hacen lo primero; porque no son zonzos" (ya corregiría el General ese juicio).
Dicho esto, luego Perón se refirió a la situación en el interior del país, en las provincias con gobernadores sindicados como cercanos a la Tendencia: Oscar Bidegain, de Buenos Aires; Ricardo Obregón Cano, de Córdoba; Miguel Ragone, de Salta; Alberto Martínez Baca, de Mendoza y Jorge Cepernic, de Santa Cruz. En la primera parte de este artículo, vimos como había aludido el General a la tolerancia culposa del primero de los nombrados en el intento de copamiento de los cuarteles de Azul. Puesto el tema sobre el tapete, Perón se expresó en severos términos sobre la gestión de Bidegain y en un momento dijo: "¿Pero qué le pasó, es que se ha vuelto loco de repente? Y pensar que he sido yo quien lo puso ahí. He evaluado ayer la posibilidad de enviar al Congreso los pedidos de intervención a Buenos Aires y Córdoba".
El doctor Lima (que apreciaba a Bidegain) esbozó la idea de que podría evitarse la intervención a Buenos Aires si el gobernador accedía a introducir cambios tanto en su equipo como "en las exterioridades" (un eufemismo que empleó esa gran persona y extraordinario político que fue don Vicente Solano Lima para no decir derechamente que se le pedirían a Bidegain notorias, públicas e inequívocas muestras y evidencias de haberse sacudido de encima a la Tendencia). En la práctica, significaba una intervención sin intervención, es decir, sin suplantar la cabeza del ejecutivo, y obviamente, los ministros, secretarios y demás cuyos nombramientos subseguirían a la purga, serían indicados por el gobierno nacional. La idea no era descabellada; tenía sentido y la ventaja de ahorrar tensas y trabajosas negociaciones con la oposición, principalmente con el radicalismo. "Si usted lo aprueba, General, yo puedo encargarme de ello. Confío en que tendré éxito", le dijo a Perón. Éste, sin negar ni asentir, se levantó del butacón diciendo: "Usted es un buen hombre, doctor Lima, un buen hombre". Y seguidamente: "Debo ahora ver al doctor Cossio, que me está aguardando". La reunión había concluído.
Pedrini y Lima salieron juntos de la Residencia. El Flaco, que tenía escaso apego a los coches oficiales, había ido en un taxi, y un chofer aguardaba al secretario general en un auto de la Presidencia. "¿A dónde se dirige, escribano? Lo llevo". "Al Congreso, doctor, gracias".

(Continuará)

2 comentarios:

  1. ¡¡¡¿¿¿¿Cómo que continuará?????!!!!!! ¡¡¡¡¿¿¿CÓMO???!!!!! QUE PASÓ????

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    1. jajaja Sí, falta la última parte, que la publicaré en unos días. Lo dividí en tres partes por la extensión que obligadamente debe tener el artículo pra poder consignar toda la información pertinente.

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