domingo, 13 de octubre de 2013

EL SEÑOR DE LOS PEDOS







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Joseph Pujol había nacido en 1857 en Marsella, Francia. Durante su infancia descubrió incidentalmente que poseía la rara facultad de manejar a discreción su esfínter anal absorbiendo agua por esa vía, y tiempo después se dió cuenta también de que podía regular la emisión de flatulencias a voluntad, de modo de reproducir sonidos con las tonalidades que quisiera en cada caso.
Luego de cumplir con el servicio militar, se casó con una dama llamada Elizabeth Olivier y se dedicó al oficio de panadero que había aprendido en su adolescencia.
Pero su verdadera vocación era el histrionismo: Pujol era un clown, amaba provocar risas y divertir a la gente. Y como todo payaso, era intrínsecamente triste. Más temprano que tarde mandó al diablo la panadería y empezó a actuar de cómico.
Sus comienzos no fueron precisamente halagüeños y no sería sino hasta que se decidió a incorporar a su show las extrañas habilidades... "intestinales", digamos, que tenía; que adquirió una tímida, incipiente trascendencia.
Corría 1892. Algunos afirman que fue un empresario teatral y otros que fue un amigo suyo, quien lo instó a presentarse ante Charles Zidler, director del Moulin Rouge de París, con el objeto de demostrarle sus condiciones para el mundo del espectáculo.



 
Monsieur Zidler, que para esas cuestiones tenía ojo clínico, notó al instante que ese ceremonioso, educado y hasta obsequioso payaso rodeado de un aura de tristeza, podía muy bien concitar tras de sí una gran atracción, y después de oírle el relato de sus habilidades; le preguntó si era capaz de "ejecutar" La Marsellesa, pero... pedorreando. Pujol le contestó afirmativamente y en efecto, ¡lo hizo!
Quedó inmediatamente contratado y a poco los afiches publicitarios anunciaban al público el espectáculo de Le Pétomane (El Pedómano), "el único artista que no paga derechos de autor", junto a la quadrille del French Cancan encabezada por Louise Weber, la Goulue (la Glotona); el eximio bailarín Valentin, le Désossé (el Deshuesado) y el resto del elenco del Moulin Rouge.

 

Lo suyo no fue una atracción sino mucho más que eso: un verdadero boom. Noche tras noche un lleno total de público demostraba la atención que concitaba Le Pétomane.

 
Su hilarante número comenzaba con un parlamento en el cual describía cómo eran los pedos que se tiraban distintos personajes en determinadas situaciones, imitándolos con los propios; y además reproducía con sus ventosidades los más diversos sonidos: "este es el ruido de la empleada de una sedería rasgando la muselina", "este el disparo de una pistola", "este el de un trueno en la tormenta", "este el de un cañonazo en una batalla"... 
Y seguía con el apagado de una vela, por supuesto... a través de un estruendoso pedo.

 


Luego, abandonaba brevemente el escenario y reaparecía portando un par de alas en el trasero y un tubo de goma uno de cuyos extremos se introducía en el ano y en el otro aplicaba un cigarrillo encendido, procediendo a fumar tranquilamente... ¡por el culo!, para luego expeler el humo por la misma vía. A continuación, y para cerrar su show, volvía a meterse el tubo al cual le adosaba una flauta en la que ejecutaba, siempre pedorreando, acordes de temas musicales muy populares por entonces, como Le roy Dagoberto Au clair de la lune.
A esa altura del espectáculo, el cabaret se venía abajo y el público desmayaba -literalmente- de risa; a punto tal que el gerente se vió obligado a poner enfermeras que reanimasen a las damas que embutidas en sus ajustadísimos corsets, se desvanecían de hilaridad. La extraordinaria cantante Yvette Guilbert -que compartía elenco con Joseph Pujol-, escribió en sus memorias: "La más extraordinaria explosión de risa que oí en el Moulin Rouge, la hilaridad que a menudo llegó a picos de histeria sin precedentes, fue la que provocaba el número de Le Pétomane".
  
  


En todo París, en Londres, en Roma y en Bruselas se hablaba del show de Le Pétomane, y entre sus admiradores se encontraban personajes de la realeza como el príncipe de Gales y el rey Leopoldo de Bélgica; y celebridades insignes como Sigmund Freud y Marcel Proust. Su cachet, astronómico, llegó incluso a triplicar al de la mismísima Sarah Bernhardt. Y por supuesto, la taquilla del Moulin Rouge trepó hasta niveles increíbles. Digamos que los muchachos la juntaban con pala...
Mas lo bueno dura poco, como recita don Luis Landriscina, y Le Pétomane en vez de un pedo; se mandó un moco (oia, me salió en verso): el vínculo contractual que lo ligaba al Moulin Rouge incluía, como era lógico, una claúsula de exclusividad que él violó actuando por su cuenta en otro sitio; ante lo cual el dueño del cabaret, el catalán Josep Oller y Roca le entabló (y tenía razón al hacerlo) un juicio por incumplimiento de lo estipulado en el contrato.
 
Fue en vano que Pujol alegara que lo había hecho para ayudar a un amigo que se hallaba en una situación de apremio económico. El tribunal entendió que si quería prestarle auxilio, bien podía hacerlo holgadamente con las enormes sumas que recibía de sus empleadores en concepto de sueldos, sin necesidad de incurrir en violaciones contractuales que se reputaron como injustificadas.
Así perdió el pleito legal y... también su trabajo. Para Oller y Zidler fue un triunfo pírrico, pues debieron suplir a Pujol con otro artista, esta vez, mujer: La Pétomane, que no tendría ni remotamente el mismo suceso; a punto tal que hasta su nombre quedó en el olvido. Y es que no tenía ni las aptitudes naturales ni el savoir-faire del original, y entonces su show se evidenciaba como grosero, chabacano, soez y de mal gusto; quedando consecuentemente relegado a los números de relleno, pour la gallerie nomás, como quien dice, al pedo (y nunca mejor utilizada la expresión).



Desvinculado -bien que forzosamente- del Moulin Rouge, algún tiempo después Pujol pudo acceder a una suerte de revancha que, si bien no lo restituyó al goce de los mismos jugosos cachets que anteriormente percibía; sí le brindó la satisfacción personal, íntima, de la vendetta:  denunció por fraude a la pedómana del Moulin Rouge, y ganó el juicio al demostrar que los sonidos que ésta emitía, no se debían al aprovechamiento de sus "facultades naturales" (de las que por otra parte, la fulana carecía, como hemos visto); sino a un ingenioso sistema de fuelles que llevaba oculto entre sus ropas. Y bueno, al decir del Indio Solari, son esas pequeñas venganzas que uno tiene, viste...
A partir de allí, Pujol se dedicó a producir su propio espectáculo en el Théâtre Pompadour con regular éxito; pero sin alcanzar el suceso que había tenido en el Moulin Rouge.

 


En 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial, Pujol retornó a su Marsella natal y a su antiguo oficio de panadero. Ya nunca volvería al mundo del espectáculo. Murió en 1945, a los 88 años de edad.
La Facultad de Medicina de París ofreció a la familia del fallecido la suma de 25.000 francos a cambio de que se le permitiera estudiar su cadáver; pero sus hijos se negaron a ello.


Luego el tiempo, que todo lo cura, restañó las viejas heridas y así podemos ver actualmente en el website oficial del Moulin Rouge, en la sección HISTOIRE, LES VEDETTES, Les 13 légends, el retrato de Le Pétomane junto a los de Josep Oller, Charles Zidler, La Goulue, Valentin Le Désossé, Jane Avril, Henri de Toulouse-Lautrec, Colette, Mistinguett, Jean Gabin, Edith Piaf,  Yves Montand y Line Renaud.


En 1965 los escritores franceses Jean Nohain y Francois Caradec publicaron un libro con la biografía de Pujol; y en 1979 en Inglaterra, se estrenó una película titulada Le Petomane, que gira en torno a su vida.
Quizá en el Olimpo de alguna dimensión desconocida, andará pedorreando a gusto y piacere su figura tristona y ceremoniosa, haciendo desternillar de risa a las divinidades que nos mean desde arriba...

-Juan Carlos Serqueiros-

2 comentarios:

  1. Muy buena reseña!!! no conocia la historia.
    Si bien hoy en dia hay mucha gente que hace un culto de estar AL pedo, o incluso EN pedo, no existen comparados con el talento innato de este señor ex panadero. Abrazo

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  2. Muy bueno Carlos, excelente como siempre, desconocía completamente la historia! Alexis Brizuela.

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