jueves, 27 de junio de 2013

PACKARD




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros               

PACKARD

(Carlos de la Púa) 

Era una mina bien, era un gran coche,
Era un Packard placero, era una alhaja;
Auto que sólo trabajó de noche,
Llevando siempre la bandera baja.
Pero… un día la droga la hizo suya
Y en vez de cargar nafta; echó morfina,
Y cerrando el escape por la buya,
Se fajaba debute en cada esquina…
Ayer la ví pasar… iba dopada
Y me sentí yo, curda, un santo Asís;
Al ver que de su pinta abacanada,
Pinta que fuera de auto de parada,
Sólo queda, cual resto de chocada,
Con los cuatro fierritos del “chassís”.

Carlos de la Púa -Carlos Raúl Muñoz y Pérez (1898-1950)-, también conocido como Carlos Raúl Muñoz del Solar o El Malevo Muñoz, fue un periodista y poeta que nos dejó en su libro La crencha engrasada viñetas crudelísimas del Buenos Aires de la primera década del siglo XX.
En este poema Packard, el ambiente de marginalidad que describe cambia de segmento social. Ya no se trata de inmigrantes esforzados y honestos que tienen hijos ladrones y asesinos e hijas putas como los que pinta en Los bueyes, ni de un ex pesado que vuelve de una condena a veinte años de prisión en la tenebrosa cárcel de Ushuaia como el que retrata en El Vago Amargura, ni de un buchón como el que muestra en Batidor; sino de una "niña" de alcurnia, de la high society porteña (“era una mina bien”, dice), que se desplaza en un automóvil glamoroso, de altísima gama: un Packard, nada menos…


 
En semejante auto, obviamente, esta buena señorita no llevaba a cualquiera, no, ni ahí; ella alternaba sólo con gente de su mismo status social, y por eso Carlos de la Púa asimila al lujoso Packard con un taxi al que no puede accederse, ya que está siempre con la bandera baja.
Pero... un buen (o mejor dicho, mal) día, la mina esta se “equivoca”, y en vez de cargarle nafta al coche; opta por zamparse encima una dosis de morfina, un derivado del opio que si se lo refina más aún, después da la heroína, que era la droga habitualmente usada (probablemente por afán de imitar a la aristocracia inglesa) en las clases altas de la sociedad porteña del último decenio del siglo XIX y los dos primeros del XX.
Por supuesto, el abuso que la damisela hace del consumo de esa substancia (“se fajaba debute en cada esquina”), provoca estragos en ella y deriva en que, paralelamente; el ostentoso Packard fuera irremisiblemente deteriorándose al igual que su dueña.

 


Lo cual motiva que el chabón los contemple a ambos en su decadencia ya a esa altura irreversible: al auto hecho pelota ("con los cuatro fierritos del chassís"), y a la mina convertida en un escracho, flaca y consumida, y experimente él, que es un alcohólico (“y me sentí yo, curda”), la sensación de ser infinitamente más “sano y bueno” (“un santo Asís”) que la mina que está en las últimas, descangayada por la falopa.
En fin, dijo Serafín…


-Juan Carlos Serqueiros-

4 comentarios:

  1. Interesante ¡¡ MARIA AGUEDA MIRANDA ITURRE

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  2. Me encanta este blog, lo vengo siguiento hace rato... El hampa y la marginalidad son temas que me encantan... Te pido una reflexión particular, a veces tengo miedo por esa pasión que tengo por lo oculto, el oscurantismo y demás.
    Suelo leer mucho a Nietzsche y el dice algo así:

    "Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti." -Friedrich Nietzsche

    Yo creo que es así, y eso es lo que me da miedo. ¿Vos que opinás? ¿Es sólo el mirar, o la forma, intesidad o demás cualidad con la que uno mira?

    Saludos de Bs As, tengo 23 años :)

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    1. Creo que la compulsión a ir más allá, a no poder tolerar la contemplación de una puerta cerrada; es intrínseca en la psique de ciertas personas. Y creo también que no debe reprimirse esa tendencia. Una vez publiqué un poema mío acerca de eso en este blog, se llama precisamente "La puerta". Saludos.

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    2. El abismo influye en tu mirada, y tu mirada profundiza el abismo; porque dentro tuyo existe uno tan profundo, que se mira en el que encuentra afuera. Está bueno abrir su puerta, ir al fondo y salir. El secreto radica en saber bajar y subir; puesto que quedar pegado en él, es signo de una gran inmadurez emocional y resentimiento, pero atravesarlo..., eso pueden hacerlo únicamente los hombres que crecen.

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