jueves, 21 de marzo de 2013

LA PROYECCIÓN, LOS BUENOS Y LOS MALOS

 

 
Escribe: Gabriela Borraccetti
 
Solemos leer cada tanto, que lo que observamos en los demás como detestable, es algo que no toleramos ver en nuestro interior. Sin embargo, la pregunta que se sobrepone es: ¿entonces qué hacer? ¿Podremos criticar lo que vemos? ¿Está mal juzgar? ¿Debemos considerarnos ladrones cada vez que destilamos ira contra alguno que ha robado a un anciano? O, ¿sería acertado considerarnos violadores en potencia cada vez que deseamos castrar a alguno que ha arremetido contra la inocencia de un niño? 
Por supuesto, al reflexionar y equiparar situaciones, nos parece totalmente irracional vernos en el lugar del condenado, cometiendo alguna de esas aberraciones de las que nuestros educadores se han cuidado bien de no inculcar; y es por ello que muchas veces descartamos de plano un análisis un poco más exhaustivo, queriendo creer que esta aseveración es simplemente la exageración de un mecanismo psicológico llamado "proyección". No obstante, -y aunque nos encantaría que se tratara de una forma de defensa utilizada por "los demás"-, no solemos caer en la cuenta de que para desear cortar los genitales al violador, o arrancar a un ladrón su botín a pura trompada; necesitamos poseer el mismo tipo de energía de la que están hechas las acciones de quienes condenamos.
El bien y el mal se rozan en sus métodos; y el problema es que por lo general, el argumento que esgrimimos para salir en nuestra propia defensa, se supone basado en la bondad y el bien, en tanto que adjudicamos la valoración negativa al otro. En este caso, la castración de un violador o la trompada a un malhechor, son nuestros pensamientos automáticos e instintivos; y en lugar de preguntar si está bien o mal juzgarlos, deberíamos darnos cuenta de que ya lo hemos sentenciado desde el momento en que pensamos instantáneamente: "a este habría que matarlo o colgarlo de los genitales en un árbol".
Somos casi incapaces de darnos cuenta de que somos capaces de actuar y sentir con la misma furia de un matón; con la diferencia de no anirmarnos a actuar. Pasar al acto, llevar una acción a término; implica que se han caído los "diques de contención" de las defensas, y que la consciencia de culpa, la responsabilidad y el miedo, -sobre todo el miedo a la autoridad-, han quedado desbordados por la furia. Si hay algo que diferencia entonces al bueno del malo, no es ninguna escencia, sino la calidad de sus mecanismos de defensa que por supuesto, están en directa relación con la educación recibida.
En sí, nada sería ni bueno ni malo; excepto los juicios de valor que respaldan nuestros fines. De hecho, un cirujano atraviesa los tejidos de alguien para salvarlo; en tanto que una navaja en manos de un delincuente,  daña. Sin embargo, ambos precisan sangre fría, y es ese el hecho que salteamos a la hora de evaluar las diferencias entre buenos y malos.
Para pensarlo un rato, antes de seguir preguntando qué hacer, cuando ya nuestras vísceras han dado la respuesta instintiva y muchas veces, inconsciente.
 
Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

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