viernes, 22 de febrero de 2013

REALIDAD VIRTUAL Y NO VIRTUAL: UNA ESCICIÓN INTERNA



 
 
 
 
 
 
 
 

Escribe: Gabriela Borraccetti
 
Recién leía las noticias en Facebook. Un mundo maravilloso en donde todo el mundo se bendice, se saluda y reconoce en un Namasté la presencia del alma del otro.
La bondad, la sensibilidad y el compromiso escrito derraman las aguas de un manantial que se niega a agotarse. Pareciera que se acentúa la letra acerca de lo que nos hace más espirituales, dejando a las emociones más acaloradas y súbitas en el lugar de los desperdicios, esos a los que que hay que sacarse de encima como si se tratase de un virus extraño; a cambio de fortalecer una imagen angelical recién caída del cielo.
En ese formato idealizado y casi etéreo, no cabe ni una uña de la sombra de Belcebú! Cualquier controversia queda disimulada en un diálogo que a los ojos de cualquiera saca gigantes chispas, pero que a los ojos de sus participantes, se hunde bajo una alfombra de frases sutiles y aladas, y lecciones de vida que con una supuesta buena intención; se espetan casi casi como una ironía. Al salir de ese mundo en donde la santidad emana como un manantial escencial en la vida, y retomando el paso en el reino de la más tosca pero cotidiana tierra firme; es común que por ej,. al encender el televisor, resuenen esplendorosas las discusiones salvajes entre personas que quieren colgarse de la yugular de su interlocutor. Las palabras son altisonantes y en muchos casos, se utilizan en un estudio de T.V. los insultos que se escuchan en una cancha de fútbol; sólo que ahí no hay que pagar ninguna entrada y cualquiera, incluso los niños, pueden asistir al crico romano en minúsculas de la modernidad.
No obstante, aún nos falta salir a la calle; porque a pesar de haber salido de la faz virtual de un cielo espléndido, luminoso y lleno de buenos deseos -espejo de nuestros anhelos e ideales superiores y no por ello menos real-, nos encontramos con que somos de carne y hueso, y hay que trabajar, o hacer las compras, o ir a pagar impuestos. Es en ese momento en donde el tráfico nos vuelve sordos y las agresiones de auto a auto cobran tintes que pueden llegar a extremos inesperados; y que más de una vez terminan en violencia física. Ya se trate de vehículos que chocan, vecinos que se insultan, barrabravas que matan a un hincha de la tribuna de enfrente, saqueos, violaciones y demás actos funestos; caemos en la cuenta de que la agresión en la realidad no virtual, está la la orden del día.
Entonces, me pregunto ¿cómo tenemos un mundo tangible tan virulento, y uno virtual tan elevado? ¿Hasta dónde somos conscientes de nuestros autoengaños? ¿Somos capaces de abrazar a alguien que nos ha ofendido cuando lo tenemos justo enfrente? ¿Somos tan silenciosos en nuestro hogar, que las discusiones con nuestra pareja, hijos o padres son coloquiales y en un tono inaudible?.
Quizá nos haga falta recordar que la manifestación de la violencia tiene una fuerza directamente proporcional a la cantidad de energía que precisamos para llevar a cabo la represión del instinto agresivo; que por otro lado es tan natural e innato en el ser humano como lo es el amor; y que por lo tanto, tanta comprensión depositada en el lado luminoso de la balanza, está creando en el día a día, esos disparos verbales y no verbales que pesan del lado oscuro del platillo del "afuera", cuando por la ventana entra el ruido de una bala, o a la casa de un vecino, la bala misma. Si bien somos entes individuales, tenemos responsabilidad social y colectiva. Y si negamos, repudiamos, reprimimos algo que nos pertenece como individuos; lo veremos llegar como destino desde esa mirada que dirigimos al mundo del cual nos creemos eximidos.
Podremos disimular iras en un lugar en donde está tildado de anti espiritual cualquier manifestación que declare el gusto por ser el primero en llegar; está penado con comentarios anti ego cualquiera que se anime a declarar que no todo lo que reluce es dios y compasión; y por sobre todo; está totalmente condenado el acto de ser directo con las palabras hasta llegar a transformarlas en algo que se repite como un cliché, o retorcerlas para lanzarlas como una indirecta de la que no nos terminamos haciendo cargo cuando el otro se enoja.
Como si fuera poco, acto seguido, y si el otro reacciona; se le declara un loco que anda proyectando sus contenidos inconscientes en nuestras verbalizaciones! En el acto de clausura, se pone un tapón, las bocas se cierran y la pileta se termina inundando de un color furioso y tan silencioso como lo es el agua.
En esa absurda carrera de sentirnos más espirituales, llegamos a negarnos la posibilidad de ser tan auténticos como una palabra a tiempo, y dicha de la mejor manera posible: de frente.
A esta altura de la vida, sin dudas ya tenemos que habernos visto en alguna situación que nos haya generado al menos bronca, pero quizá nunca nos pusimos a balancear los excesos o defectos en el acto de erigir nuestra autoafirmación. Cuando hacemos este tipo de evaluación, sería bueno reflexionar acerca de cuánto debe ser ajustado el enojo al ritmo interno; en lugar de sujetarlo a permisos o convenciones sociales. Dichas normas implícitas y explícitas, hacen que quienes sean más proclives a un ataque, sean aquellos que parecieran menos inclinados a dar un puñetazo contra una mesa. Quizá debamos ponernos a observar que por lo general las víctimas de la agresión tienen colgado el cartel de "buena persona". Tal vez eso nos ayude a repensar cuánto bien nos estamos haciendo a nosotros mismos y a la humanidad, etiquetando violentamente a quienes no rezumen una cristalina e incipiente comprensión y bondad, y absteniéndonos de dar un grito de vez en cuando.
Prestar atención a cuán auténticos somos en la expresión integral de nuestro ser, nos puede dar la pauta de cuánto esfuerzo estamos haciendo para "no quedar mal" o quedar como seres iluminados que mantienen a oscuras la furia durmiendo en el placard. La diferencia que hay entre estos dos mundos -virtual y no virtual-, nos habla más que de la hipocresía; de una división interna que, hasta no resolver, dejará en sombras a aquello que consideramos como "el diablo";  perdiéndonos la oportunidad de ser seres completos, en donde se puede ver la luz gracias a la presencia -y no al ocultamiento-, de la oscuridad.
Nada hace posible la visión, si no es por el contraste de luz y sombra.
¡Que tengas un buen día!

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

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