domingo, 14 de octubre de 2012

SE CONMUEVEN DEL INCA LAS TUMBAS (TERCERA Y ÚLTIMA PARTE)


















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

(Continuación)

El nacimiento de un mundo se aplazó por un momento; / fue un breve lapso del tiempo, del universo un segundo. / Sin embargo parecía que todo se iba a acabar / con la distancia mortal que separó nuestras vidas. (Pablo Milanés)

Para 1816, transcurridos ya seis años de revolución, el panorama distaba mucho de ser halagüeño.
Las Provincias Unidas, que de esa presunta condición de unidad sólo conservaban el nombre, estaban partidas en dos bloques antagónicos: por una parte, las que componían la Liga Federal, es decir la Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y las Misiones; y por otra, las que giraban en la órbita del Directorio, o sea Buenos Aires, Salta (que incluía a Jujuy), Tucumán (que incluía a Santiago del Estero y Catamarca), Cuyo (Mendoza, San Juan y San Luis), y el Alto Perú. Córdoba se mantenía en un precario equilibrio entre ambas posturas.
Declarada que fue el 29 de Junio de 1815 en el marco del Congreso de Arroyo de la China la independencia por parte de las provincias nucleadas en los Pueblos Libres (con más la asistencia de Córdoba); las que respondían al Directorio se aprestaban a hacer lo propio en el que se había convocado en Tucumán (que contaría también con la adhesión de Córdoba). Y por cuanto ya resultaba a todas luces evidente que ninguno de ambos bloques tenía la capacidad de imponerse al otro; se había alcanzado una virtual situación de stalemate que amenazaba con asfixiar a una revolución que se debatía así entre los egoísmos de la prepotencia sectaria de los directoriales; y los mezquinos localismos anárquicos de los federales.
Para salir de ese brete alevoso, se precisaba de una propuesta superadora, equidistante de ambas posturas, y fue entonces que, una vez más y como siempre; surgió el genio portentoso del gran ideólogo y nervio motor de la revolución: el general Manuel Belgrano, con su proyecto de monarquía incaica con trono asentado en el Cuzco.
El mismo, a la vez que reflotaba uno de los principios más caros a la Revolución de Mayo expresado en versos de la canción patria, prefiguraba no sólo la unidad del ex virreinato del Río de la Plata; sino además la integración política con el del Perú, la ex Capitanía General de Chile y el sur del Brasil, y además; al ser inclusivo, multiétnico y prever una regencia ejercida por una aristocracia con auténtico sentido nacional, sintetizaba en sí mismo los postulados sociales más relevantes tanto de los sostenedores del federalismo, como así también de los directoriales.
Inmediatamente, los intereses en pugna de unos y otros se pusieron en juego para abortarlo. Frente a la grandeza de la propuesta belgraniana, se alzaron las pequeñeces de la politiquería vernácula, obediente tanto a los dictados de ultramar como a la estrechez de miras de los localismos ridículos. Había sólo un Belgrano, sólo un San Martín y sólo un Güemes, y la golondrina representada por ellos no bastaba para hacer propiamente un verano que, efímero, se mostró escuálido y poco tórrido ante un largo invierno especialmente gélido, encarnado en tanta mezquindad reinante.
Así las cosas, en el seno del Congreso la moción del diputado Azevedo, originalmente apoyada por la mayoría; naufragaría frente a las trenzas y enjuagues dilatorios de los diputados porteños duchos en componendas, en connivencia con no pocos de sus pares provincianos. Para muestra basta con un botón, y si no, leamos lo que el congresal José Darregueira, diputado por Buenos Aires, le escribía a Guido en fecha 27 de junio de 1816: "Por cartas contextes recibidas en el correo anterior, estamos convencidos de la necesidad de trasladar el Congreso a ésa (Nota mía: se refiere a trasladar el Congreso a Buenos Aires, como en efecto, se verificó después). Sin embargo, por asegurar el golpe, hemos convenido con algunos diputados que nos son adictos, en suspender la moción hasta que empiecen a llegar las tropas de arriba y el nuevo Director nos ayude desde ahí en la empresa" (subrayados míos). 
Por su parte, Rivadavia conseguía infundir dudas en el Director Supremo, Pueyrredón, quien a principios de 1817 le escribía a San Martín: "Ayer he tenido comunicaciones de Rivadavia del 22 de febrero último en París. Dice que ha sido recibida con extraordinario aprecio la noticia de que pensábamos declarar por forma de gobierno la monarquía constitucional; pero que ha sido en proporción ridiculizada la idea de fijarnos en la dinastía de los Incas. Discurre con juicio sobre esto, y me insta para que apresure la declaración de la primera parte. Éste ha sido mi sentir, pero no sé si los doctores pensarán de un modo igual". Era ese el mismo Pueyrredón que en carta a Belgrano del 3 de diciembre de 1816, decía a éste: "Me ofrece V. instruirme del enviado al interior a promover las ideas de Inca, Constitución, etc., etc.: si me interesa saber su nombre, dígamelo V. pero si no, omítalo, para no exponerlo al riesgo de un correo".
Por el lado de los federales la incomprensión no era menor, y ya en el anterior capítulo habíamos visto cómo Artigas usaba la carta de Belgrano para ejemplificar a sus oficiales en qué residía aquello a lo que en su opinión, había que oponerse a como diera lugar.
De nada serviría la hermosa proclama del 27 de julio de 1816 del General a las milicias en Tucumán: "He sido testigo de las sesiones en que la misma soberanía ha discutido acerca de la forma de gobierno que ha de regir la Nación, y he oído discurrir sabiamente en favor de la monarquía constitucional, reconociendo la legitimidad de la representación soberana en la casa de los Incas y situando el asiento del trono en el Cuzco, tanto, que me parece se realizará este pensamiento tan racional, tan noble y justo con que aseguraremos la losa del sepulcro de los tiranos".
Sería asimismo otra campana de palo la no menos heroica de Güemes, aquella de: "En todos los ángulos de la tierra no se oye más voz que el grito unísono de la venganza y exterminio de nuestros liberticidas. ¿Si estos son los sentimientos generales que nos animan, con cuanta más razón lo serán cuando, restablecida muy en breve la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua corte del Cuzco al legítimo sucesor de la corona? Pelead, pues, guerreros intrépidos, animados de tan santo principio; desplegad todo vuestro entusiasmo y virtuoso patriotismo, que la provincia de Salta y su jefe vela incesantemente sobre vuestra existencia y conservación".
Resultaría también infructuoso el entusiasta y decidido apoyo del ínclito general San Martín enunciado, por ejemplo, en esta carta del 22 de julio de 1816 a Godoy Cruz: "Ya digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un Inca a la cabeza, las ventajas son geométricas, pero por la patria les suplico no nos metan una regencia de personas, en el momento que pase de una todo se paraliza y nos lleva el diablo, al efecto no hay más que variar de nombre a nuestro Director y quede un Regente, esto es lo seguro para que salgamos a puerto de salvación".
Un a esa altura ya muy preocupado Belgrano, escribía a Güemes el 10 de octubre de 1816: "Crea V. compañero que tengo mi ánimo muy afligido y más cuando veo que nuestros sabios reunidos no dan el gran paso que promoví desde que llegué: se contentaron con declarar la independencia, acto insignificante si no era acompañado de la forma de gobierno, pues que ya la teníamos de hecho y después no han dado un paso a constituirnos, dejando a los amigos del desorden en sus mismos caminos y prestándoles oído a sus opiniones tan ridículas, como imposibles de ejecutarse".
Y no otra cosa que deplorable fue el papel que le cupo en la cuestión a cierto sector de la prensa, tal como consignaba el General en carta a Güemes del 18 de octubre de 1816: "El editor de la Crónica Argentina nos da dicterios y zahiere por el pensamiento de Monarquía Constitucional y del Inca: contra mí se encarniza más; pero yo me río, como lo hago siempre que mi conducta e intenciones se dirijan al bien general".
Aquel ya casi dos siglos lejano 1816, el muy raras veces generoso y siempre apremiante tren de la historia pasó por Tucumán, deteniéndose muy brevemente. Los argentinos, adormecidos en el andén, con la consciencia colectiva obnubilada por tanto estupefaciente consumido en la forma de cantos de sirena, lo dejamos seguir; sin atinar a subirnos a él.
Y desde entonces aguardamos su regreso.

-Juan Carlos Serqueiros-

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REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS

Archivo General de la Nación, Fondo Congreso General Constituyente.
Astesano, Eduardo, Juan Bautista de América. El Rey Inca de Manuel Belgrano, Castañeda, Buenos Aires, 1979.
Cáceres, Ramón de, Memoria Póstuma o Acontecimientos de la Vida Pública del Coronel Don Ramón de Cazeres, Revista Histórica, Montevideo, 1959.
Caldas Villar, Jorge, Nueva Historia Argentina, Tomo 2, Editorial P.A.D.E.E., Buenos Aires, 1968.
Gianello, Leoncio, Historia del Congreso de Tucumán, Editorial Troquel, Buenos Aires, 1968.
Güemes, Luis, Güemes Documentado, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1979.
López, Vicente Fidel, Historia de la República Argentina, Tomo V, Librería La Facultad de Juan Roldán, Buenos Aires, 1911.
Mitre, Bartolomé, Historia de Belgrano, Tomo II, Ledoux y Cía. - Imprenta de Mayo, Buenos Aires, 1859.
Registro de inhumaciones del cementerio de La Recoleta.
Rosa, José María, Historia Argentina, Tomo 3, Editor Juan C. Granda, Buenos Aires, 1965.

1 comentario:

  1. Excelente!. ...y pensar que el único tren que pasa por Tucumán, hoy va a Buenos Aires. Y mirá como estará la cosa, que ni guardabarreras hay. Lo temible es que el tren de la historia, quizá esté pasando igual que este; y no tenga si quiera quien baje la barrera un segundo para que no nos atropelle. Pero claro, como sucede con todo lo que se desconoce que pasa (un tren, la historia o ambos); en cualquier momento nos arrolla por jamás haberlo visto como es debido...

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