sábado, 6 de octubre de 2012

SE CONMUEVEN DEL INCA LAS TUMBAS (PRIMERA PARTE)




















Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Últimamente, los argentinos hemos sido llevados a asistir a una especie de revival del proyecto monárquico (en cuanto a recuerdo y abundante mención mediática del mismo, me refiero) sustentado por Belgrano en 1816.
El general artífice de nuestra independencia residía por entonces en dicha ciudad y fue recibido en sesión secreta el 6 de julio por los congresales, que se abocarían a partir del 12 del mismo mes a tratar la cuestión forma de gobierno. 





Es archisabido que en esa oportunidad Belgrano (que había vuelto de Europa poco antes) abundó en detalles acerca del desprestigio en el que por entonces había caído la Revolución Americana en el concepto de las naciones europeas, y también en consideraciones referidas a las restauraciones monárquicas acaecidas en el Viejo Continente. También habló de otros temas, como el de que los preparativos bélicos de los portugueses estaban dirigidos a prevenir la expansión del artiguismo (la infección en el Brasil, dijo). Y propuso como forma de gobierno una "monarquía constitucional a la inglesa" (paradojalmente, es de hacer notar que Inglaterra no tenía constitución escrita, pero la expresión se utilizaba para describir a una monarquía no absolutista), cuyo trono debía, a su juicio, ocupar alguien perteneciente a la "dinastía de los Incas".
Declarada que fue la independencia el 9; el 12, como citamos precedentemente, se daría inicio al tratamiento de la forma de gobierno, existiendo en principio amplio consenso en favor de lo que se dio en llamar la monarquía temperada en la dinastía de los Incas.
En definitiva, diversos factores  (entre otros, la invasión portuguesa a la Banda Oriental, la oposición de no pocos de los congresales, la feroz crítica de un sector de la prensa porteña y la descalificación por parte de Rivadavia) hicieron que el proyecto no se llevara adelante.
Actualmente, una pléyade de sabios historiadores se está dedicando (con una enjundia que resultaría más efectiva si la aplicaran al sano ejercicio de inducir raciocinios propios) a poner de relieve la figura histórica de quien ellos consideran que era el candidato en quien pensaba Belgrano para el trono: Juan Bautista Túpac Amaru (o Tupamaro, como algunos lo escribían por esa época, y como se estipula en el Registro de Inhumaciones), un medio hermano de José Gabriel Condorcanqui que había sobrevivido a las atroces ejecuciones de Cuzco en 1781, que permanecía prisionero de los españoles en Ceuta hasta su liberación entre 1821 y 1822 durante el interregno liberal, y que arribaría a Buenos Aires en 1822 o 1823, muriendo allí el 2 de setiembre de 1827, siendo sepultado en el cementerio de La Recoleta.
En una remake de esos accesos febriles colectivos que de tanto en tanto nos acometen a los iberoamericanos y en especial a los argentinos, se despertó súbitamente el interés por Juan Bautista Túpac Amaru, cuyo tratamiento histórico hasta hace cuatro o cinco años nomás, había quedado circunscripto prácticamente a Eduardo Astesano y su Juan Bautista de América. El Rey Inca de Belgrano, editado allá por los convulsionados 70, si no me falla la memoria. Digamos a todo esto, que entre los principales fogoneros "actualizadores" figuran, por ejemplo y entre otros, el inefable Hugo Chumbita (el propulsor del mito ridículo según el cual San Martín no era hijo de Juan de San Martín y Gregoria Matorras, sino de Diego de Alvear y Rosa Guarú), Osvaldo Bayer -que desafortunadamente, luego de la meritoria investigación histórica que volcara en su excelente libro Los vengadores de la Patagonia trágica (después reeditado con el título trocado en La Patagonia rebelde), quizá nublado por sus convicciones ideológicas; no pudo persistir en la buena senda ("buena senda" en cuanto a historia, quiero decir, y entonces incurre en lamentables excesos como esa fobia hacia Roca, quien en modo alguno fue el monstruo genocida de indios que se empeña en pintar y denostar)-, Araceli Bellota (sí, la que oficia de coequiper de Pacho O'Donnell en el kirchnerista Instituto Dorrego), etc. 
Pero quien se lleva todas las palmas en materia de delirios, es la peruano-salteña Katia Gibaja, quien afirma que Juan Bautista Túpac Amaru no fue liberado por los españoles en 1821 o 1822, sino ¡en 1813!, según ella, porque "en 1813 llegó allí el padre Marcos Durán Martel, que lo ayudó a conseguir su libertad y lo embarcó rumbo a Buenos Aires". Y no se detiene en eso la fértil imaginación de esta señora; ya que también sostiene que "cuando Túpac Amaru llegó a Buenos Aires conoció en persona a Belgrano, San Martín e incluso debió conocer a Güemes", lo cual lo convertiría nada menos que en "uno de los principales ideólogos del proyecto libertario que se gestó en Argentina". Dice Gibaja que todo esto lo sabe por haber leído el libro de memorias que (según Mitre) a pedido y bajo el patrocinio y apoyo económico de Rivadavia, habría escrito el Inca en Buenos Aires: El dilatado cautiverio bajo el gobierno español de Juan Bautista Túpac Amaru, 5º nieto del último emperador del Perú; pero ni la Gibaja ni nadie, explica por qué extraños motivos a un figurón ostentoso y pagado de sí mismo como Rivadavia (por entonces, ministro de Martín Rodríguez), tan opuesto en 1816 al proyecto belgraniano de monarquía incaica, se le ocurrió sostener con una pensión gubernamental a Juan Bautista Túpac Amaru. 
Digamos, siendo buenos, que entre la evidencia histórica y los divagues de Katia Gibaja hay una distancia insalvable. Veamos, si no.
El fraile agustino Marcos Durán Martel, de oficio carpintero, había sido uno de los que propulsaron y encabezaron la insurrección de Huánuco, en el Perú, allá por febrero de 1812. Juzgado por revolucionario, fue condenado a 10 años de servicios en el real ejército español, a cumplir en la terrible fortaleza - prisión norafricana de Ceuta (en donde seguramente debió conocer a Juan Bautista Túpac Amaru, que estaba asimismo preso allí, como hemos dicho). En 1816 dirigió un pliego a Fernando VII en el cual le solicitaba una mejora en las condiciones de su prisión, y declaraba que la revolución se había producido por culpa de "los que han administrado el reyno durante la cautividad de Vuestra real persona y los males que han resultado a aquellas provincias". En 1820 comenzó en España el llamado Trienio Liberal, de resultas de la política del cual en diciembre de 1821 fue amnistiado y consecuentemente liberado de su cautiverio. Todo esto consta en los documentos que se conservan en el Archivo de Indias. Como pude apreciarse claramente, tan sólo en los intrincados laberintos oníricos de Katia Gibaja habría podido fray Martel Durán embarcar al Inca "rumbo a Buenos Aires" en 1813.
En fin, comprobamos así cómo, aún con objetivos, puntos de vista y posiciones ante la historia claramente diferenciados, utilizando los mismos (nocivos y perjudiciales) "métodos" y "herramientas", pueden arribar a idénticos resultados: la mentira y el mito, supuestas antípodas como Mitre, por un lado; y Chumbita, Gibaja y demás etcéteras por el estilo, por otro. El eslabón que los une es el aferrarse como práctica habitual a la manipulación de la heurística de modo de hacerla servir a los paradigmas de los cuales parten. Si los documentos y los hechos se dan de patadas con lo que se pretende sostener, no importa; sencillamente ellos los desechan, los ignoran, los esconden o desaparecen y ya está: se alteran las fechas, atrasando o adelantando el reloj de la historia según convenga a lo que quiere erigirse en verdad histórica, y "listo el pollo".
Pero mejor dejemos enhorabuena a esta constelación de "sabios" debatiéndose y naufragando en el océano de sus mentes calenturientas, y volvamos al tema del proyecto de monarquía incaica del ínclito general Belgrano.

(Continuará)

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