viernes, 6 de enero de 2012

EL INCENDIO Y LAS VÍSPERAS







































Escribe: Juan Carlos Serqueiros

Tal es el título de este libro parido en algún mal día de los años sesenta por Beatriz Guido. Curiosamente (o no tanto, según se mire), este engendro "literario" se convirtió para vastos segmentos de las clases medias argentinas en un ícono parangonable a otro mamotreto intragable de laya similar: Amalia, de José Mármol; porque ambos bodrios fueron escritos para denostar a los dos "tiranos de nuestra historia" (el cipayaje considera tiranos a Rosas y Perón, pero reputa como "demócratas" a Mitre, Aramburu y Videla; en fin...).
Esto a lo que su autora denominó pomposamente novela, presuntamente se inscribe en la corriente llamada realista (confieso que por más empeño que puse en buscarle el realismo, no se lo pude encontrar).
La trama gira en torno a una familia de la oligarquía porteña: los Pradere, quienes dividen su tiempo entre su mansión de la calle Schiaffino (qué paquetería), su estancia "Bagatelle" (pavada de nombrecito le fue a poner la Guido), los salones del Jockey Club de Buenos Aires y las playas del Uruguay, desarrollándose la acción en los días previos a aquel en que las "hordas" peronistas o "el aluvión zoológico" (Sanmartino dixit) incendiaron el Jockey Club. 
Los Pradere son: don Alejandro, un riquísimo terrateniente con algunas poquitas (30.000 nada más) hectáreas de los mejores campos, que en un alarde de fetichismo se enamora de una escultura (la marmórea Diana, de Falguière, que Monsegur había adquirido en 1891 en París para regalársela a Aristóbulo del Valle, y que después Pellegrini, en 1897, adquirió a la viuda de éste para exhibirla en el Jockey Club); su esposa, doña Sofía, que, pobrecita, tuvo mala suerte: le tocó un marido cornudo y entonces esta buena señora no se coge hasta los sapos simplemente porque no sabe distinguir el macho de la hembra; y los dos hijos de ambos: José Luis, un tirifilo bueno para nada a quien cuando anda medio depre, su papito le regala una cupé Mercedes Benz, tanto como pa' se le cure el esplín, e Inesita, quien de puro aburrida nomás que está la pobre, se voltea hasta los maniquíes de las vidrieras.
A todo ese guiso, la Guido lo condimenta con otros personajes tales como Antola, la fiel sirvienta de los Pradere, con quien también don Alejandro tuvo sus entreveros eróticos, dicho sea de paso; porque como todo el mundo sabe, garcharse a la "doméstica" es algo que está tácitamente entendido en toda familia de nuestras clases acomodadas, ¿no?
Y hay otro ñato, obviamente, también furioso antiperonista: el "izquierdista" Pablo Alcobendas, a quien la delirante imaginación de la autora le atribuye ser sobrino del anarquista Di Giovanni y que es un personaje a través del cual ella intenta representar algo así como la "reserva moral" del pueblo argentino en medio de la corrupción, el parasitismo crónico y la decadencia de la oligarquía vernácula. Como buen zurdo, Alcobendas se espanta ante la sola mención del apellido Pradere; lo cual no le impide cogerse a Inesita (o mejor dicho, ella se lo coge a él, bah, tanto como pa' demostrar -por si algún poco avisado todavía no se dio cuenta- que entre los gorilajes de derecha e izquierda, las diferencias están muy lejos de ser insalvables).
Los Pradere están muy enojados con Perón y su régimen (?), porque al "segundo tirano" se le ocurrió darles derechos laborales a los sirvientes -imagínese, es 17 de Octubre, San Perón, y la familia no tiene quién le cocine y le sirva la comida, pobres, y para colmo de la desgracia; se van a tener que conformar con medialunas argentinas, porque no llegó el avión que les trae croissants desde París (en su delirio, la autora cree que la oligarquía vernácula desayuna todos los días con medialunas francesas)- y sobre todo; porque pende sobre ellos, como la consabida espada de Damocles, la amenaza de expropiación de su adorada "Bagatelle".
En fin, si usted no tiene nada mejor que hacer y quiere reírse de los dislates en que incurre la autora, léalo; pero después, cuando no pueda parar el vómito, no venga a culparme, eh.
Por mi parte, como Gabriela me pidió que empiece a ordenar la biblioteca porque ya no cabe ni una hoja suelta en semejante bolonqui; puse manos a la obra y pintó un ejemplar de la novela de la Guido al cual ya le encontré un fin más que útil: me viene de perillas para imitar a Pepe Carvalho y usarlo pa' prender el fueguito para el asado dominguero.

-Juan Carlos Serqueiros-

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