domingo, 11 de diciembre de 2011

CUENTOS TRANSPERSONALES: EL FINAL DE UN SUEÑO



















Escribe: Gabriela Borraccetti

Parada en la orilla, el pànico me dejó inmóvil. Enorme delante de mí, una ola se erguía infinita con su color azul eterno, confundiendo agua y cielo, y su espuma con la nube.
Rugiendo como un gigante dispuesto a llevarlo todo, amenazaba con caer sobre los techos bajos que habían depositado en sus orillas el placer de los sueños que, durante milenios, se habían tejido entre pleamares e hilos de plata. Nada parecía suceder, porque la tensa calma se detenía para eternizarse en el terror de ese instante. Solos mis pies delante de esa mole de furia y agua y mis ojos inyectados con el terror de su ira en la retina.
Durante años este fue mi sueño; en cada repetición volvían los golpes a mi pecho y se me iba el corazón. Despertar no tenía respuestas, todo quedaba inconcluso con la sensación de una profunda impotencia de respiración entrecortada y la intuición de que aquello no era tan sólo un enigma.
Pasaron los años y una noche cualquiera, sin previo aviso, el mar volvió a presentarse justo cuando me vió con los ojos cerrados.
Quizá, -me pregunté-, temía él que lo mirase yo de frente. Quizá, me repetí, el miedo no era del todo mío.
Sé que podría haber dejado nuevamente sin escribir el final, pero aún con los ojos cerrados, encontré los recuerdos que mi corazón volcaba en mi torrente. La infancia jugando en la orilla hasta entrar a desafiar a las olas, escurriéndome por debajo de ellas. Con una sonrisa y desconociendo las telarañas del miedo, mi cuerpo era una lanza que atravesaba el corazón de sus paredes de agua, y del otro lado asomaba mi cabeza triunfante como lo hace un recién nacido saliendo del vientre de su madre.
Y entonces?, pensé entre sueños...
Vivir era una decisión y el terror paraliza. Si iba a seguir viviendo, sería a fuerza de valentía, pero jamás volvería a quedar tiesa en la orilla de la vida.
Con ese pensamiento, una ronda de fantasmas desgajando sus túnicas, se esfumó en el aire y la brisa comenzó a soplar. Otra vez, en ese otro lugar de mi consciencia teñido de sombras, mi cuerpo volvió a ser lanza, y apostando a que mis pulmones fueran capaces de sostener el aire, me interné en las entrañas del mar de la vida sin conocer el final de aquella imagen.
Aquella fue la ùltima vez que soñé aquel sueño. Aquella fue, la primera vez que, de verdad, había nacido.

Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica

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